miércoles, 31 de diciembre de 2008

Año Nuevo


Normalmente el título del último artículo del año podría ser perfectamente “Feliz Año Nuevo” en lugar de Año Nuevo, a secas. Es verdad que un título así no aporta mucha información ni despierta mayor interés. Pero la alternativa de desear felicidades indiscriminadas también me ocasiona problemas. Para mí los buenos deseos ecuménicos, en caso de ser sinceros, son improcedentes y de no serlo, son innecesarios. Honestamente no me puedo acostumbrar a la idea de estar deseando lo mejor a todo el mundo, me lea o no, porque este mensaje estaría, idealmente, llegando tanto a Taurodelta como a los reclusos del penal de Punta Peuco, en mi país. Y mientras respecto a estos últimos espero que se pudran en la cárcel, a los empresarios de Madrid les deseo que el cese les llegue lo antes posible pero en estupenda salud y con las mejores perspectivas para el futuro, alejados de las plazas de toros. A mis amigos y familia ya les he hecho llegar mis parabienes, y a los pocos que no he conseguido ubicar, por tener sus señas equivocadas, ya veré la manera de saludarlos cuando corresponda.

Lo que nadie nos impide, sin embargo, es expresar nuestras esperanzas para el año nuevo. Por lo que a mí respecta, reduciendo el ámbito a la temática de estas páginas, quisiera que, por casualidad, salieran toros alguna vez a las plazas, que tocara la suerte que en el ruedo hubiera toreros que supieran cómo lidiarlos y que se diera la dichosa circunstancia de que, cuando esto sucediera, servidor estuviera presenciando el festejo. Cualquiera diría que es una manifestación de modestia franciscana el pedir tan poco, pero la verdad es que si llegara a ocurrir sería un pequeño milagro. Cualquier aficionado antiguo se mesaría los cabellos al escuchar que la presencia de un toro de características tan obvias como casta, trapío, fuerza y bravura sería una entelequia de soñador empedernido y que pedirlo sería estar desprovisto de todo sentido de la realidad.

Y a más de alguno le entraría un jamacuco al enterarse que la gran aspiración de los aficionados actuales es poder ver una lidia en la que se reciba al toro de las características mencionadas arriba, ganándole terreno, bajándole las manos y rematando en la boca de riego; que la suerte de varas se empleara para medir la bravura de los toros a través de ponerlos a su distancia, picarlos arriba y probar cada vez las condiciones de sus embestidas en tres quites; que los banderilleros estén breves, hagan la suerte con galanura, claven arriba, cuadren en la cara, salgan andando y hasta a veces se desmonteren al finalizar el tercio; y que los matadores le den la lidia adecuada al toro, según sus características, y en el mejor de los casos triunfen, si se topan con un animal bravo y noble que les permita citar de largo, cargar la suerte, parar, templar, mandar y rematar atrás para, después de cuatro o cinco tandas, entrar a matar por arriba.

¿Que cuándo he visto yo una corrida así? Aunque parezca raro, muchas veces, y no digo yo, sino muchísimos aficionados que llevan algo más de tiempo yendo a los toros. No he descrito una corrida apoteósica ni una faena de época. Solamente he mencionado lo que tenemos derecho a esperar de un espectáculo como la tauromaquia: que los toros respondan a su condición de reses de lidia y los toreros hagan su trabajo. El problema es que esto se ha desnaturalizado tanto que cuando uno habla de lo normal se piensa que está invocando ensoñaciones antojadizas e imposibles de llevar a cabo. La fiesta está en una situación de descomposición tal que ya no se sabe si es todavía posible disfrutar de su versión tradicional.

Y no solamente los toros. Una esperanza profundamente sincera, es que cuando también se describa a un niño la posibilidad de vivir en una ciudad en la que no caigan bombas, en la que pueda ir todos los días a una escuela que no esté en ruinas, corriendo el riesgo de morir en el camino y que cuando regrese a su hogar no lo haga con el miedo de haber perdido un ser querido en el último bombardeo, que cuando ese niño escuche algo así deje de pensar, con tanto escepticismo como sentido de la realidad, que son sólo los deseos fantasiosos de gobernantes lejanos e indolentes. Si hay realidades modificables deben ser esas. Cargar la suerte o no, ya pierde toda relevancia.

Por cierto, y a pesar de todo, la fiesta la debemos seguir defendiendo y lo haremos. Con esto aprovecho de concluir estas líneas haciendo votos porque dos de aquellos grandes bastiones de la afición, representantes de las entelequias soñadoras de los recalcitrantes, regresen a la vanguardia de la lucha por la integridad. El Chofre y Betialai, Toni y Miguel, comencemos el año volviendo a hablar de toros, que nos hace mucha falta a todos.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Todavía no, por Dios


Aquel consabido “¡No vuelvo más!” que todo aficionado ha proferido bastante más de una vez a la salida de la plaza, cuando lo que había presenciado no era aquello por lo cual había pagado, y que se repetía con toda la sinceridad que daba el calentón pero sin dejar de abrir una compuerta a la esperanza que nos iba a tener sentados en el tendido al día siguiente, ahora ha adquirido un tinte más serio, y sin temor a exagerar, dramático.

Dos de las páginas de referencia de los aficionados, El Chofre y el Blog de Betialai, han manifestado su decisión de cerrar, después de haber cumplido una labor imprescindible durante años al servicio de la afición, paliando toda clase de ataques e infamias, especialmente procedentes del taurineo y sus adláteres temerosos de que fuentes independientes e informadas, que dicen la verdad y denuncian la mentira, puedan estropearles el negocio y violar la impunidad con que los poderosos generalmente pretenden perpetrar sus trapisondas.

Ninguno de esos ataques, por infundados y barriobajeros que fueran, hicieron mella en la voluntad de estos dos aficionados como la copa de un pino, Juan Antonio Hernández y Miguel Machimbarrena, de seguir adelante durante años en la consecuente campaña en favor de la fiesta, de su integridad y de su pureza. El que ahora hayan decidido abandonar la lucha tiene que tener otras connotaciones que van más allá que la polémica con mercaderes o ignorantes. No conozco detalles, aunque los presumo, y no me pronunciaré sobre las posibles motivaciones. Cabe mencionar que, desde que tomé conocimiento de la decisión de poner fin a las actividades por parte de ambos portales no he tenido contacto directo con sus responsables y, obviamente dadas las circunstancias, mis correos no han sido todavía respondidos en el momento de escribir estas líneas, por lo que actúo solamente por presunciones y por el egoísta deseo de que no nos dejen solos.

Los aficionados necesitamos todo lo que Toni y Betialai representan y no tenerlo significará un vacío que nadie está en condiciones de cubrir. Por esa razón, pasando por alto toda cortesía, tacto o buen gusto, vuelvo a insistir, como el elefante en la cacharrería, en lo que ya he manifestado en el blog de Beti y por diversos correos: no nos hagáis esto. Entendiendo perfectamente las motivaciones porque todos hemos estado a punto de mandar a la mierda muchas cosas en nuestra vida, pero, de todos modos he de cometer la desvergüenza e ingratitud de recordaros que vuestro trabajo no es solamente vuestro sino que es un referente, de los poquísimos que quedan, en el que nos afirmamos tantos que queremos salvar esta bendita afición.

Sé que es difícil hacerse a la idea de seguir enfrentando las broncas, especialmente cuando proviene de sectores con los que existe o debiera existir una mayor afinidad; sé que hay enemigos a los que resulta muy fácil dejarlos en el pozo séptico al que pertenecen y del que nunca debieron salir, así como difícil es acostumbrarse a la incomprensión de quienes comparten nuestra trinchera; sé que alguna vez ese “¡No vuelvo más!” dejará de ser un exabrupto y se transformará en una realidad ineludible, pero a pesar de todo eso quiero creer que ese momento todavía no ha llegado. Todavía no, por Dios.

lunes, 22 de septiembre de 2008

El tonto de Barcelona


Las variantes y derivaciones de los comportamientos de los toros son afortunadamente numerosas, lo que propicia que los aficionados, por una parte, puedan ponerse de acuerdo, en líneas generales, quitando y poniendo elementos hasta llegar a una descripción relativamente rigurosa de lo que ven o, por otra, a que no lleguen jamás a entenderse. Entre las variantes más reconocibles y cada vez más frecuentes en las plazas españolas de nuestros días se encuentra una que no era tan recurrente hasta hace algunos años atrás: el tonto.

El tonto es el toro que va y viene, es el toro que “sirve”, el toro que cree que su obligación no es pegar cornadas sino colaborar con las figuras. Algunos de ellos desarrollan motor y embisten durante largos minutos sin tirar un mal derrote a pesar de todos los errores que se cometan con él, a pesar de los cites fuera de cacho, los enganchones y las dudas. A un toro encastado ese tipo de faena le sienta fatal y suele protestar poniendo en serios aprietos al torero, pero claro, ahí está la diferencia fundamental. El toro encastado aprende y el tonto no se entera.

Esa característica inestimable de docilidad para aquellos diestros que quieren ejercer su profesión sin sobresaltos y para aquel público que gusta de divertirse en línea recta, es la que los alquimistas del encaste bodeguero han venido buscando y consiguiendo desde hace años hasta llegar al toro llamado “artista”. Lo malo es que, si bien en un principio movía a dudas el comportamiento de un toro de nobleza ovejuna, que no reaccionaba aunque el diestro fuera un inepto y que llegaba a la muerte sin dominar pero sin establecer tampoco reivindicación alguna de dominio, ahora esa opción de la entente cordial entre toro y torero es la exigida y aclamada.

Había una broma que solía lanzar el público de boxeo en Sudamérica cuando el combate estaba aburriendo a las ovejas y los púgiles no parecían ni deseosos ni capacitados para mejorar la situación. Nunca faltaba alguno que gritaba desde el gallinero: “¡Arreglaos por las buenas!” Sin duda era un recurso irónico para manifestar la protesta por una labor no cumplida en el cuadrilátero. Ahora, en los toros, el público en general parece estar deseando que se dé una circunstancia así, donde no haya combate, donde no haya que manifestar supremacía alguna, donde salga un tonto que vaya y venga, aunque sea sólo por un pitón, que ya se encargará el diestro de evitar el otro, para poder dar rienda suelta a su entusiasmo.

El tonto, que entre los menos iniciados propiciaba la confusión entre bravura y recorrido, nobleza y bobaliconería, era una excepción ingrata en medio de una cabaña brava que ofrecía todavía numerosas variantes, incluso hasta positivas, pero con el paso del tiempo los taurinos han conseguido dar carta de ciudadanía al fenómeno y ahora han culminado indultando un tonto en Barcelona.

No, no hablaré de José Tomás, ni para bien ni para mal. Solamente me interesa aclararme sobre los parámetros que se van a empezar a usar desde ahora en las plazas de primera para calificar el comportamiento de un toro de indulto. Como comparación convendría mencionar a Belador, el famoso Victorino que se indultó en Madrid. El toro soportó con bravura una suerte de varas en regla, y después de habérsele perdonado la vida estuvo dos horas en el ruedo, pidiendo guerra, porque no había manera de meterlo a los corrales, incluso después que Ortega Cano casi lo matara de verdad, cuando clavó la banderilla con que simuló la suerte suprema por uno de los boquetes que había dejado el picador y estuvo a punto de hundirse como un estoque.

En Barcelona no solamente se simuló la suerte de matar sino también la suerte de varas, y el toro se fue de vuelta, camino a la dehesa, a paso cansino y sin que hiciera falta más que el torero con su muleta para meterlo dócilmente a los chiqueros. Yo, como la mayoría, porque la plaza de Barcelona tiene el aforo que tiene y no más, opino por lo que he visto en los vídeos de internet (a pesar de lo cual, insisto, no hablaré del torero) y por lo que comenta gente confiable que estuvo presente, y con esos antecedentes no me puede entrar en la cabeza que el toro haya sido un ejemplar excepcional, con condiciones de casta y bravura que lo hayan hecho acreedor del beneficio de padrear. Esperemos que la obnubilación que ha puesto patas arriba un ya menesteroso escalafón de matadores no nos lleve también a trastocar definitivamente los valores cuando se trata del ganado y así terminar con todos los elementos que han hecho de esta fiesta un arte de bravura y de valor. Confiemos en que el tonto de Barcelona sea la excepción.

jueves, 31 de julio de 2008

El Autocar


El autobús ya se ha transformado en un símbolo reconocido para determinar la cada vez menor cantidad de aficionados que van quedando en esta bendita fiesta de los toros. A eso se añade el que dentro del propio vehículo la gente ya va sentada en espacios diferentes y, yendo contra toda lógica que establece que si somos tan rematadamente pocos, por lo menos deberíamos unirnos, se dedica a entablar luchas intestinas que podrán tener un sentido puntual pero que en ningún caso debiera significar una división de lo que tanto nos ha costado reunir. El fenómeno no es nuevo ni, en principio, demasiado grave, salvo en caso de enfrentar un momento de crisis, de amenaza externa o de descomposición interna del espectáculo.

Temo, sin embargo, que el momento sí ha llegado, y que de lo que se trata es de unirse para salvar lo poco que nos va quedando, iniciativa que ha tenido un excelente impulso en la presentación del Manifiesto y su posterior ratificación, aunque en este caso haya serias diferencias de opinión respecto al trato que se le da a la suerte de varas. Pero esas son cosas debatibles y no dudo que se seguirán conversando.

Ahora bien, saliéndonos del caso del autobús estamos empezando a sufrir la influencia de otro medio de locomoción que siempre ha formado parte del bestiario del toreo moderno (por ser coche a motor) pero que está adquiriendo dimensiones desproporcionadas e influencias descabelladas en el transcurrir del espectáculo taurino, desvirtuando su sentido y convirtiendo en circo lo que fue siempre la fiesta del arte y del valor. Nos referimos al famoso autocar.

Rara vez un torero de provincia, especialmente si es un novillero, llega a Madrid sin venir acompañado de un grupo de incondicionales premunidos de albos pañuelos, suculentas meriendas y toda la alegría del mundo, con la sana intención de alentar a su protegido. Nada que objetar. Hasta que la empresa obligó a quitar los carteles y las pancartas de las barandillas de la barrera, éstas no solamente se engalanaban con los capotes de paseo de los toreros sino con los llamados más variopintos de las diversas peñas y asociaciones que querían homenajearse a sí mismas o a los toreros de sus preferencias, actuaran o no, y eso es afición, respetable y entrañable, pura y dura.

Pues bien, además de esas tradicionales imágenes, en medio de la mayor diversidad de peñas, aparecían flores de un día en las que un grupo de incondicionales de Nosecuantos de la Sierra llegaba con su cartelito, “Aúpa Checho”, a los tendidos altos de sol, y acompañaba la actuación de su ídolo con los jaleos más extemporáneos, movidos por el aprecio por el actuante, por una parte, y por otra, porque en los pueblos la fiesta es triunfo, es éxito, es diversión, haya o no toro, haya o no toreo.

Nadie puede criticar una actitud tan candorosa como frívola mientras no pase de ser una anécdota entre las muchas que se viven diariamente en una plaza de toros. El problema se produce cuando los de autocar toman a su cargo el espectáculo y pretenden imponer en plazas ajenas –y de primera categoría, para más inri- los parámetros a los que responden en sus propias plazas, y además, imponerlos por la fuerza bruta. Allí la simpatía se pierde por completo y, además de juzgar la actuación del torero con las habituales exigencias cualitativas que corresponden en la primera plaza del mundo –estoy hablando, obviamente de Madrid- todo exabrupto de ignorantes descontrolados y fanáticos debe ser repudiado y reprimido con todo el peso de la autoridad.

No suele ocurrir, pero en Madrid se dio el caso durante la final del concurso de novilleros. La policía se hizo presente, según cuenta un aficionado del tendido siete, para expulsar a un sujeto que quería ahogar las protestas de un aficionado a golpes, incluso cuando éstas no se referían directamente al chico que estaba actuando sino a la organización misma del evento. Como es obvio que el desenlace del incidente fue el correcto, no ha sido mencionado en ningún medio de comunicación. Los únicos que se han mojado han sido, como siempre, los blogs de aficionados y, obviamente, ninguno, sin excepción, ha hecho causa común con el mamporrero del autocar, sino que han justificado el que el agresor haya sido expulsado del tendido.

A decir verdad, todavía no parece un incidente grave si no fuera por el hecho que se produjo en el corazón del tendido siete. Es decir, la empresa está infiltrando autocares en el único sitio (salvo honrosísimas excepciones) que todavía vela por la pureza y la integridad de la fiesta. Le han abierto la compuerta a los ignorantes provocadores, cuya misión fundamental en la plaza parece consistir en abuchear las protestas aunque no entiendan un comino de lo que está ocurriendo en el ruedo. Y eso sí puede llegar a ser grave porque, si bien esta vez la autoridad ha aplicado el cedazo adecuado, con la mala prensa y el mal nombre que tiene el tendido de los aficionados de Madrid, es perfectamente posible que en el futuro los pasajeros de los autocares tomen como deporte el armar follón en el siete, y ya sabemos a quiénes echarán la culpa los enemigos de la afición.

No se trata de ser agorero ni ver fantasmas donde no los hay, pero este año servidor ha tenido la suerte de ver la Feria de San Isidro desde el tendido siete, rodeado de caras amigas y de expertos aficionados que me ayudaron a pasar momentos gratísimos, viendo y aprendiendo de toros. Pues bien, todas las justas protestas de dichos aficionados eran objeto del rechazo de los tendidos aledaños, e incluso, por parte de vecinos de tendido con vocación más triunfalista. Esto mientras todavía se mantiene una proporción aceptable de buenos aficionados en el tendido. Como eso llegue a cambiar, ya no habrá quien salve la integridad del espectáculo, tan resueltamente defendida por los pocos pasajeros que le van quedando al autobús. Y ya hay demasiados interesados en que eso ocurra.

sábado, 28 de junio de 2008

La Afición Conspicua

Desde que se tiene memoria, la afición de Madrid ha sido objeto de ataques del oficialismo basados en un principio que se ha impuesto a pesar de su manifiesta ausencia de toda lógica: el que los aficionados quieren que los festejos fracasen. La “irónica” observación de aquel NO-DO de los años sesenta (“¿Por qué protestan algunos? ¿Porque llueve?”) o el desgraciado comentario deslizado en la transmisión por televisión de la corrida de Victorino de 1982, (“¡Qué mal rato estarán pasando los del pañuelo verde!”) dan una idea del espíritu que se les atribuía a quienes protestaban desde su tendido.

Y estamos hablando de gente que supuestamente entendía de toros, aunque algunos pudieran tener otros intereses que los llevaran a torcer levemente los hechos hacia su querencia. Pero el caso se da más palmariamente entre los espectadores que reaccionan a los sonidos y no a los conceptos, y para quienes las palmas de tango no son otra cosa que contaminación sonora porque no son capaces de reconocer el motivo de la protesta. Ellos han pagado su entrada y quieren tener su fiesta en paz, sin contratiempos que ni entienden, ni les interesan.

“El toreo es emoción, y mientras te emociones todo lo demás es secundario”, se escucha decir con cada vez más frecuencia. Dicho en román paladino, cualquiera puede acudir, aunque sea por primera vez en su vida, a una representación artística, y si se emociona, por las razones que sean, esto lo convierte en un experto capaz de rebatir cualquier opinión disidente y, si están en mayoría, expulsar a quienes llevan años viendo y estudiando determinado arte y tienen fundadas razones para no dejar que la supuesta emoción reemplace el respeto por los rudimentos.

Ese respeto por las normas básicas de la tauromaquia, que la afición intenta defender con ardor, incluso ahora donde la proporción de desconocedores opinantes ha aumentado peligrosamente y hay muchas cosas elementales que se han perdido por ley, se ha transformado para los espectadores emocionables en una serie de tópicos con los que se pretende exigir la “tauromaquia perfecta”, agregando, con paternalismo, que esa no existe. No creo necesario que nos detengamos a establecer la distancia entre los mínimos que se exigen, lo poco que se ven en el ruedo y lo que sería la tauromaquia perfecta, pero convendría aclarar que lo que los emocionables llaman tópicos no son otra cosa que los rudimentos de aplicación obligatoria en cualquier arte.

En música, la afinación no es un tópico; en pintura, la perspectiva no es un tópico; en literatura, la ortografía no es un tópico. Son los elementos básicos con los que se empieza a trabajar aunque pueda haber variantes y transgresiones –voluntarias y conscientes, por cierto- que hagan del arte algo nuevo e interesante. Ignorarlos es un error y quien sepa que lo es, tiene la facultad y la obligación de hacerlo presente.

En tauromaquia, un toro íntegro, con casta, trapío y en puntas, no es un tópico. Torear con la panza de la muleta, cargar la suerte, no meter el pico, dar la distancia y los terrenos adecuados, entender a los toros, no aliviarse, mentir, ni zapatillear, no son tópicos, son exigencias básicas. Hay quienes se emocionan con el destoreo y piensan que eso es suficiente para darle legitimidad. No lo es, y los aficionados lo saben. Eso es lo que tanto les molesta a quienes quieren amortizar los, a veces, desorbitados precios de sus localidades.

Actualmente las cosas se han trastrocado hasta darle interpretaciones casi surrealistas. Durante una de las presentaciones de El Cid en la pasada Feria de San Isidro, el torero pretendió culminar una meritoria tanda con un pase de pecho citando exageradamente fuera de cacho, porque no había mandado lo suficiente para dejar al toro en la posición adecuada para ligar. La afición se lo reprochó. El Cid miró al tendido 7, asintió, se cruzó y dio un pase de pecho monumental que fue celebrado de pie por toda la plaza, especialmente los reprochadores. La interpretación de algún “comentarista” emocionable: “¡Jódete 7!”.

Es difícil encontrarle alguna lógica a dicha interpretación, pero si nos vamos por el camino de lo estrafalario esa es la solución. Que los toreros salgan al ruedo a joder al 7 y hagan las cosas como mandan los cánones, a toros íntegros. De esa forma los energúmenos que buscan solamente fracasos saldrán con la cola entre las piernas y la tauromaquia habrá recuperado sus valores originales. Pero, claro, no es eso. El siete quiere ver toros y toreros que los toreen, y cuando aparecen se vuelve de miel. Son los mediocres, los triunfalistas o los sinvergüenzas los que se quejan de la “dureza” de los entendidos.

El grave problema actual, entre otros, es que la proporción de aficionados entendidos y la de los desconocedores emocionables ha cambiado de forma brutal, no tanto en lo que se refiere a números, porque siempre la afición conspicua fue una minoría, sino en la actitud contestataria de analfabetismo militante, alimentada y promovida por la prensa oficialista que ha encontrado en aquellos cándidos pero irresponsables adversarios de todo lo que salga del tendido 7, la masa de ingenuos útiles que les ayude a proteger su negocio.

El recientemente fallecido periodista taurino Rafael Campos de España, señalaba en una oportunidad, criticando la vehemencia con que el 7 reacciona ante lo que no le gusta, que, antiguamente, bastaba con que el Ronquillo se levantara y dijera que no con la mano para que una vuelta al ruedo ya no valiera. Era suficiente sin tener que desgañitarse para denunciar el fraude. Claro. Es verdad. Entonces los restantes 23.950 espectadores no estaban lanzando claveles, pidiendo orejas, ni mentándole la madre, como ahora, a los cuatro que quedan, que todavía exigen el toreo en su plenitud y no la farsa que vemos actualmente. Así cualquiera.

sábado, 7 de junio de 2008

De vuelta

De vuelta de Madrid he dejado pasar algunos días antes de intentar poner en orden lo visto, lo no visto y lo que posiblemente no volveré a ver. Para comenzar debo confesar que solamente asistí a ese peculiar San Isidro, emparedado, como la mortadela del bocadillo, entre dos ferias difícilmente encasillables: la de la Comunidad (¿de quién es San Isidro entonces?) y la críptica Feria de Aniversario, que por su tozudo empeño de celebrarse todo los años debería llamarse Del Cumpleaños, a pesar que no he conseguido encontrar ningún aficionado que fuera capaz de decirme el nombre del festejado. Debo reconocer que, además de la falta de tiempo, fue la falta de interés la que me llevó a saltarme los apéndices del serial principal.

Sin pretender que este escrito se transforme en un cuaderno de viaje, ya que tomaría varias resmas el relatar todas las cosas vividas y todavía no les podría hacer justicia, quisiera mencionar que mi principal satisfacción provino de haberme reencontrado con grandes amigos y amigas, excelentes aficionados y personas honestas que hicieron enormemente placentera mi estadía en la capital del reino. Nombrarlos a todos y a todas sería de nunca acabar, y mencionar sólo a algunos o algunas sería injusto, de modo que lo dejo aquí y traslado a todos mi gratitud por regalarme momentos tan gratos.

Después de las ferias anteriores, las esperanzas de encontrarme con la gran sorpresa de una corrida completa bien aprovechada por los de luces, se encontraban bastante difuminadas, a pesar de mi terca tendencia a la esperanza. Quiero mencionar, sin embargo, que antes de comenzar la feria tuve un impagable encuentro con el arte, aunque no en la plaza, al asistir a la estupenda exposición fotográfica de Juan Pelegrín, lo que me resarció de la falta de estética de tantos festejos del largo serial, y me permitió un primer encuentro con gente entrañable.

Lo que vino después, es lo que temía. Hemos visto la fiesta del presente y me temo que del futuro, porque, tal como están las cosas, parece que el proceso es irreversible. Y lo digo especialmente porque lo que se ha pretendido hacer, con la mejor de las intenciones, a través de publicar un apéndice del Manifiesto de los Aficionados referido a la suerte de varas, se ha convertido, sin querer, en un aval de lo que hemos visto. Desde luego que ninguno de los estupendos aficionados que participó en la ardua redacción del documento final, que conoció varios borradores, puestos a discusión entre las partes involucradas, hasta llegar a su forma definitiva, se da por satisfecho con aquella farsa indigna en que se ha transformado el primer tercio, pero, desgraciadamente, el demonio está en el detalle.

Lo que vimos en Madrid, la primera plaza del mundo, fue un tercio consistente en dos puyazos (es un decir) como norma para todos los toros. De esa forma no se mide la bravura ni se hace necesario para el ganadero criar y seleccionar toros que aguanten una suerte de varas en regla. El anexo del Manifiesto no toca ese problema como no sea para recomendar que, a pesar de estar legislado el mínimo de dos puyazos, se deba aumentar el número de varas para conseguir premios como orejas, vueltas al ruedo y la elección de la mejor corrida o el mejor toro.

Todos sabemos que los profesionales del toreo, vulgo “taurinos”, tienen la tendencia a elegir de la ley aquello que los beneficia y omitir lo que no les gusta a través de ignorarlo y violarlo consistentemente hasta que se transforma en una ley natural, para después integrarlo al borrador del siguiente Reglamento. Ha ocurrido con numerosas cosas, desde la espada de madera hasta el caballo con los dos ojos tapados, pasando por algunos usos más antiguos como la prohibición de los subalternos de torear a dos manos, como no fuera por orden del matador. Creer que se va a respetar algo que ni siquiera está establecido como regla es caer en una ingenuidad ni siquiera explicable por la candorosa condición de aficionado a los toros.

Desde luego, las disquisiciones anteriores nos podrían llevar a concluir que, así como se han puesto por montera las tradiciones y la lógica de la tauromaquia, es perfectamente posible que los profesionales del toreo se pasen por el arco del triunfo todas las propuestas promovidas por un grupo de aficionados independientes que no tienen ningún interés comercial en la fiesta. Pero eso había que pensarlo antes de publicar un Manifiesto.

Todos somos conscientes de que la fiesta necesita una rectificación profunda si quiere alcanzar la dignidad y la fuerza de siempre y eso ha llevado a los redactores del documento y a quienes lo apoyamos, a levantar la voz en defensa de valores imprescindibles. Pero un manifiesto no es una rogativa, es una exigencia destinada a conseguir lo que nos niegan. No podemos exigir a través de amoldarnos a las posibles concesiones porque no estamos negociando sino demandando. El manifiesto más célebre, quizás, de la historia contemporánea establecía que los proletarios del mundo debían unirse y que lo único que tenían que perder eran sus cadenas. No decía que las cadenas debían ser más ligeras o más largas para permitir más libertad de movimientos. No se trataba de adecuarlas, se trataba de perderlas.

Si con nuestras exigencias pretendemos buscar el camino del medio para no ser demasiado exigentes y conseguir más a nuestro favor, no debiéramos molestarnos porque ese es el camino en que nos encontramos actualmente, y es el camino de los taurinos. Si no se recupera el tercer puyazo por ley no habrá suerte de varas y da igual los premios, la puya o el tamaño del encordelado. Nos habrán terminado de escamotear nuestra fiesta irremediablemente para reemplazarla con lo que vimos en San Isidro 2008.

Dicho todo esto, hay que reconocer que la mayoría de los postulados del documento sobre la suerte de varas son verdades imprescindibles que describen con total claridad las carencias actuales y formulan las mejores soluciones. Pero no basta. Sin las tres varas, no basta. A pesar de todo, y desde el fondo de mi corazón testarudo, vaya mi apoyo irrestricto al Manifiesto original y mi reconocimiento y admiración a quienes, insisto, con toda buena intención del mundo, se han metido en el trabajo tan agotador como infecundo de buscar un parche para una fiesta que requiere cirugía mayor. Ojalá que el inestimable impulso perdure y nos lleve a propuestas más radicales, teniendo que reconocer, con tristeza, que “radical” se considera actualmente a cualquier esfuerzo por salvar la fiesta devolviéndole los valores esenciales que siempre tuvo.

viernes, 18 de abril de 2008

El Manifiesto y la suerte de varas


A punto está de ratificarse el Manifiesto por una Fiesta Íntegra, Auténtica y Justa, y ha llegado el momento de confirmar nuestro compromiso con dicho documento. Seguimos, después de un año, suscribiendo todas las ponencias que lo originaron y nos reafirmamos en nuestra convicción de que nada tiene importancia si no hay toro. Ahora, sin embargo, ha surgido un elemento complementario a dicha ratificación que nos enfrenta a algunos problemas que sería del caso analizar someramente, aunque temo que no es demasiada profundidad la que se necesita para cuestionarlo. Me refiero al apéndice relativo a la suerte de varas.

Desde luego que, para cualquier aficionado, la mención de que la suerte de varas se ha desvirtuado y se ha convertido en un simulacro indigno no puede sino despertar un total acuerdo. Todos sabemos que el primer tercio de la lidia es actualmente un trámite, sin arte ni lógica, que más de algún profesional quiere dejar tras de sí cuanto antes para dar paso a lo que, por lo visto, es lo único que actualmente vale que es la interminable faena de muleta. Por eso es perfectamente explicable que sigan surgiendo voces que claman por la modificación de la suerte para volver a recuperar uno de los valores más importantes y una de las mayores bellezas de la tauromaquia.

Para ello, sin embargo, habría que buscar los orígenes del problema con algo más de rigor, y mucho me temo que la redacción del apéndice se ha quedado más en el pragmatismo que en la búsqueda de la auténtica solución. Ya el prefacio a las medidas propuestas trae la primera zancadilla.

“...la suerte de varas, tal como se realiza en la actualidad, ha degenerado en un auténtico despropósito en el que la desidia de los profesionales y la vulneración del reglamento, con el consentimiento de la autoridad, se han convertido en una triste rutina y, más que para ahormar, se utiliza para destruir, en caso de los escasos toros con poder que saltan al ruedo, o se convierte en un simulacro, como es habitual que ocurra ante la falta de poder de la mayoría de los toros.”

Leyéndolo, parece perfectamente razonable si no fuera porque se desliza la mención a la vulneración del Reglamento. Todo lo demás es cierto, incluyendo la falta de poder de la mayoría de los toros, y aquí es donde llegamos al quid del asunto. El Reglamento actual, fue concebido como una forma más, de las muchas que hemos sufrido en las últimas décadas, para amoldar la ley a las carencias de los toros, en lugar de exigir que los toros respondan a su condición de animales de lidia. Mientras no haya toros de lidia en el ruedo, cualquier intento de modificación de la suerte de varas no será sino una teoría tendente a poner la carreta delante de los bueyes.

La única manera de que la suerte de varas recupere su sentido es modificando el Reglamento, no cumpliendo el actual. Hay que exigir la vuelta a los tres puyazos o, al menos, a las tres entradas al caballo en las plazas de primera y para ello hay que mejorar la selección y crianza de la cabaña brava actual. Con los toros que se informa que han salido en Sevilla, obviamente, es imposible, pero la solución para superar esa vergüenza no es eliminar puyazos y bajar el listón de aceptación de la Autoridad confiando en las tragaderas de la afición, sino comprar otros toros, de otros ganaderos, y contratar a los toreros que puedan con ellos.

Ciertamente a quienes decimos que hay que comenzar a devolver los toros, como siempre ocurrió en Madrid, por ejemplo, que no soporten las tres varas, nos dirán que de este modo vamos a acabar con la fiesta, cuando lo que realmente está acabando con la fiesta es esto; es el ir recortando las piernas del pantalón para emparejarlas hasta que nos quedemos en paños menores. El seguir reduciendo las exigencias de los toros para darle el gusto a los toreros culminará en la eliminación del primer tercio y por ende, de una de las suertes, quizás la que más, que da auténtico sentido a la fiesta del arte y del valor.

Desde muchos sitios surgen voces, muchas de ellas muy cualificadas, que proponen diferentes variaciones tanto en la suerte como en la conformación de los útiles para ejecutarla y, desgraciadamente, todas tienden a facilitar la presencia en el ruedo de toros que no son de lidia. Los insistentes llamados a la reducción del tamaño de la puya, así como a que se pique solamente con la pirámide, para lo cual la única fórmula, si llegara a saltar al ruedo casualmente un auténtico toro de lidia, sería colocar la cruceta delante del encordelado, o la vara no estaría cumpliendo con su función tradicional de “detener”, son variantes para continuar con la claudicación a la que los aficionados nos hemos visto forzados.

Todas las demás sugerencias de la propuesta relativas a los premios son sensatas pero no son otra cosa que un esparadrapo cuando lo que se necesita es cirugía mayor. De esta situación solamente se puede salir volviendo a las reglas que se usaban cuando había toros en el ruedo, y respetándolas. Pero para eso, obviamente, es imperativo que haya toros en el ruedo y en eso se deben centrar nuestros esfuerzos. Nada tiene importancia si no hay toro. Ni siquiera una suerte de varas “en regla”.

domingo, 10 de febrero de 2008

Toros contra toros


Al iniciar estas humildes reflexiones, vaya por delante una declaración de principios. El día en que a la afición se le exija resignarse a aceptar al toro sin casta como un infortunio inevitable para la preservación de la fiesta actual, será el día en que este modesto aficionado dedicará su tiempo, su interés y sus penosamente ganados cuartos a actividades que le reporten alegrías, momentos gratos y emociones artísticas auténticas.

Ya sé que nos estamos repitiendo y que nos estamos ganando la fama de majaderos y de monotemáticos, pero en nuestra defensa tendremos que decir que no hacemos sino reaccionar a la machacona pertinacia de los indocumentados que pretenden justificar su ignorancia creando máximas que contradicen toda la lógica que pudo tener la tauromaquia, en lugar de sujetarse a las reglas de siempre, que posiblemente desconocen o prefieren no conocer.

Y es que, efectivamente, los principios de la tauromaquia eterna son porfiadamente incómodos y quien quiera seguirlos y respetarlos tiene que resignarse a ver la fiesta con mirada crítica y analítica en lugar de seguir el camino más fácil y divertido de pasar por alto principios en aras de amortizar alegremente el precio de la entrada. Obviamente la tauromaquia es una afición y las aficiones tienen el propósito primordial de divertirse, pero cualquier aficionado serio, o el amante de cualquier arte, comprenderá que si ha elegido una especialidad se supone que es para gozar de ella sobre la base de los principios que la componen. Si bien el tema es recurrente y hasta repetitivo, mucho más lo son los ejemplos con los que se suele demostrar la estolidez de pretender cambiar un arte para adecuarlo a la propia ignorancia.

La mitología popular, exacerbada interesadamente por los profesionales del toreo y sus representantes de la prensa, ha venido esparciendo especies que a estas alturas están desembocando en la creencia general de que existen diferentes tipos de corridas de toros, algunas de las cuales pueden prescindir del toro. El “medio toro” ha existido siempre y las figuras incompetentes y manipuladoras también, pero, de una forma u otra, ya sea por el mayor interés y los conocimientos algo más escrupulosos del público de antaño o por la acción de críticos de prestigio y conocimientos capaces de crear conciencia entre los menos entendidos, todas esa formas de fraude eran tomadas como lo que eran; una variante de la tauromaquia tradicional, pero indefendible.

Actualmente la, indiscutiblemente, precaria situación en que se encuentra la cabaña brava, ha llevado a ciertos sectores del público a tomar partido del lado de quienes han conducido a la fiesta a la crisis ganadera en la que se encuentra, a través de establecer la mañosa división de los toros que “sirven para dar espectáculo” y los zambombos pregonaos, que atribuyen del gusto de la afición, que salen al ruedo a pegar derrotes y que resultan imposible de torear según los cánones al uso. Convendría señalar en este punto que los toros del triunfo se definen por su bondad, nobleza, recorrido, por no tener volúmenes exagerados y por ser cómodos de cabeza. Es decir el sueño de todo torero.

¿Qué podrá tener de malo eso?, se preguntará uno. Bueno, un pequeño detalle: la ausencia del elemento que fundamenta y da sentido a la fiesta de toros, que es la demostración de supremacía del hombre frente a la fiera. Para conseguirla hace falta tener al frente un enemigo y no un colaborador. Para que el hombre salga vencedor en el combate, el enemigo debe tener casta, si es posible bravura y, sí señores, peligro. Sigo repitiéndome pero nada me puede sacar de mi convicción de que, sin emoción, la corrida no es más que el sacrificio de una res por un matarife de luces.

La tauromaquia, después de una época marcada por los tonos grises, ha llegado a una situación de blanco y negro. No hay términos medios. Se trata de toretes indecorosos que permitan el triunfo de los ídolos de moda, o de gayumbadas infumables que impidan cualquier diversión. El que se queje por la falta de bravura, de casta, de fiereza o de las condiciones físicas mínimas para cumplir en varas, ése es el que exige seis marmolillos de dimensiones acromegálicas y pitones elefantiásicos. ¿Cómo decía uno de los tópicos más socorridos? ¿Grande, ande o no ande? Los aficionados nos hemos transformado en los reventadores del placer de la masa a través de urgir la presencia de toros que, todos sabemos de antemano, no van a “ayudar”.

Victorino, Dolores Aguirre, Hernández Plá, Monteviejo, todo lo que tenga que ver con Vega Villar, se han transformado en el referente de los aficionados toreristas para demostrar que la fiesta de la casta y la bravura está destinada al fracaso. Más allá del hecho de que las ganaderías mencionadas estén en buen momento o no, que muchas no lo están, el rechazo al constante clamor de los aficionados por recuperar las características de lidia de los toros se confunden frecuentemente con la pobre situación en la que, lamentablemente, se debaten ganaderías que, en su mayoría, han rechazado la tentación de sucumbir ante el mercantilismo y se han aferrado a sus principios éticos, los que muchas veces los han obligado a enviar al matadero lo que nadie quiere y a dar por fracasos corridas que se perdieron en manos de inútiles que no supieron por dónde meterles mano a una corrida encastada.

Ante esa realidad artificiosa la alternativa parece ser la que debemos enfrentar día a día por esas plazas de Dios. Toros que no aguantan ni dos puyazos bien dados (y estoy siendo muy generoso), con cornamentas cuidadas para no ocasionar demasiada inquietud, capaces de ir y venir tras el pico de la muleta por diez minutos seguidos, si no se les fuerza demasiado, que llevan las orejas en la boca mientras se les someta al destoreo tradicional, porque como se les baje la mano y se les cargue la suerte no duran ni un momento sobre sus cuatro patas, y que producen la paz interior de los toritos inválidos que mencionaba Joaquín Vidal en una de sus inolvidables crónicas. Y se supone que ese tipo de ganado es el único adecuado para “hacer el toreo”, es el que los artistas necesitan para recrearnos con sus figuras afrodisíacas y postura mágicas.

Habiendo mencionado al maestro Joaquín Vidal, se me viene a la memoria un fragmento de la crónica de un otoño de Madrid:

Jamás el toreo, en las décadas últimas que se recuerdan, alcanzó la grandeza a donde lo llevó Rafael de Paula con su faena de muleta al toro-torazo, cornalón y astifino, que salió, sobrero, en cuarto lugar.

Toro-torazo, cornalón y astifino. Es decir, el toro proscrito, el que no ayuda, aquel al que es imposible hacerle el toreo porque el arte, el arte actual, es otra cosa. Pues bien, si esa otra cosa saca carta de ciudadanía y se transforma en la única opción, me reitero en lo que decía arriba. Este servidor de usted se dedica a leer, a escuchar música y a mirar fútbol, pero la “reventa legal” ya puede ir poniendo mi abono a la disposición de aquellos que estén en condiciones de apreciar un espectáculo que yo ya no comprendo.

viernes, 25 de enero de 2008

Miguel Machimbarrena, Betialai


Miguel Machimbarrena, Betialai, hombre culto, decente, respetuoso de la verdad, implacable verdugo de la mentira, de la bajeza y de la deshonestidad. Resulta tan superfluo como poco original referirse así a una persona cuyos valores, éstos y muchos más, son ampliamente reconocidos por quienes lo conocen y hasta entre sus detractores. Esto es, aquellos detractores que todavía conservan una brizna de dignidad y mantienen sus objeciones en el terreno de lo objetivo. Los hay, sin embargo, que, ayunos de argumentos, y ante la desesperación de ver que sus peregrinas concepciones del toreo y su integridad, se enfrentan contra una barrera de hechos incontrovertibles que solamente pueden ser sorteados a través de la obstinación fanática de los que no ven lo que no quieren ver, se ven forzados a echar mano a otros recursos con los que, al parecer, se sienten más a gusto.

A los que llevamos algunos años viendo toros se nos presenta con pertinaz regularidad un fenómeno que, normalmente, tomamos como un accidente más de nuestra afición. Se trata de aquel grupo de espectadores que han llegado a la plaza por las razones equivocadas, y cuyo afán de divertirse a toda costa hace que pasen por alto los principios elementales del espectáculo por el que han pagado. Antes que llegara esta “globalización” de la afición, propiciada por la informática, dichos accidentes se reducían a un mal rato en el tendido o a una sonrisa sarcástica ante una palmaria manifestación de audaz ignorancia.

Ahora que todo el mundo participa en foros, bitácoras y hasta mantiene algunas para ensalzar sus insostenibles ponencias, el mal rato con el vecino en el tendido, muchas veces atenuado por la presencia de algún que otro aficionado que coincide con uno, o el cabreo por la concesión de orejas indefendibles, de toros indecorosos a toreros desvergonzados, han sido reemplazados por una lucha constante contra el oscurantismo, manifestado cada vez con menos pudor, y muchas veces en manada, por quienes quieren cambiar la tauromaquia por ese espectáculo ilógico y soez que padecemos con demasiada frecuencia en la actualidad.

Ante esa avalancha de barbarie, los aficionados tenemos el lujo de contar con la existencia de gente como Miguel Machimbarrena, quien con toda la solidez de su estatura de aficionado y de hombre íntegro, planta cara a la estulticia con el encarnizamiento de quien se sabe luchando por lo que es de justicia y representando la voz, cada vez más atenuada, de los aficionados documentados. Una persona así es peligrosa para el detrito taurineante. Es alguien a quien no se puede vencer a través de la polémica. Es demasiado inteligente y sabe demasiado como para que se le pueda refutar.

No quiere decir esto que sus enemigos tengan conciencia de que sus defensas del “medio toro” y del “medio torero” que haga juego, no tenga cabida en un debate sobre tauromaquia. Todo lo contrario. Su condición de ignaros integrales los hace atribuir las lógicas refutaciones de sus ponencias a una actitud intransigente, biliosa y destructiva. Los argumentos, que cualquier aficionado medianamente instruido reconoce a simple vista, no son tomados en consideración porque los obstinados desconocedores carecen de la base elemental para su comprensión.

Debido a eso, teniendo en cuenta que, por la vía de proponer enormidades para impugnar ponencias enteramente razonables, y sobre las cuales los aficionados no transamos porque está en juego la subsistencia de la fiesta como la conocemos, no van a llegar demasiado lejos, echan mano a la siguiente fase de bajeza, compuesta por la difamación y el ataque personal. Da igual la desproporción de los falsedades, da igual que cada una de las calumnias pueda ser desmontada sin problema alguno a través de una mínima constatación de los hechos, lo importante es apartar el diálogo del terreno de la lógica y de la razón y trasladarlo al sumidero de la infamia y la ofensa tabernaria.

Betialai está demasiado por encima de esa inmundicia como para siquiera molestarse en tomarla en cuenta. Tampoco debiera ser necesario que quienes lo conocemos y queremos nos tuviéramos que dar el trabajo de reaccionar ante lo que, a todas luces, no son más que golpes bajos de ignorantes resentidos, pero la globalización ha hecho que la palabra escrita pueda ser interpretada y malinterpretada de distintas maneras por lectores inocentes que desconozcan el trasfondo de los hechos. Si el papel aguantaba mucho, el monitor aguanta todavía más, y conviene, de vez en cuando, salir al paso de las infamias para que no se vaya acumulando la fetidez hasta que nos acostumbremos al aroma.

Además, nunca está de más manifestar la solidaridad, el respeto y el cariño por un amigo entrañable. Un abrazo, Betialai.

lunes, 3 de diciembre de 2007

La reaparición de Morante


Siempre los toreros han cortado la temporada en algún punto de su carrera. Generalmente ocurría después de una cornada, y cuando volvían a actuar (todavía no le llamaban “reaparecer”) solían ser recibidos con una ovación de gala y ya está. Qué mejor homenaje para un torero que la gratitud de la gente por sus sacrificios y el reconocimiento a priori de sus méritos. Muchos cortaban la temporada y no iban a América, sino que pasaban el invierno haciendo campo y preparándose para las temporadas españolas. Digo aquellos que tenían contratos, cosa que no era necesariamente previsible ni siquiera para aquellos buenos profesionales que se hallaban en las zonas medias del escalafón.

En esas épocas, no muy lejanas, la valía de los toreros se medía en el ruedo y se circunscribía exclusivamente a sus condiciones profesionales. A nadie le interesaba, en el mejor sentido de la palabra, la situación personal del actuante simplemente porque no tiene ni debe tener ninguna importancia. Por supuesto, si el diestro ha sufrido una desgracia familiar y el público lo llega a saber, se le recibirá con cariño y solidaridad, a pesar que ni el torero ni su entorno lo hayan publicitado. Seguramente la evaluación de su actuación tampoco era medida con raseros demasiado exigentes (generalmente no hacía falta) pero tampoco se le iba a regalar un trofeo ni mucho menos una campaña completa de corridas en plazas selectas.

Ahora, con la llegada de los medios de comunicación, que se ocupan del tema de los toros pero ignoran enteramente la tauromaquia, y del marketing desaforado de los representantes, los regresos de los toreros se venden como si fueran la tan esperada panacea para la salvación de la cultura occidental, y para reforzar esa imagen que, mirada con un mínimo de rigor, no es ni esperada ni panacea, echan mano a todos los recursos paralelos para justificar por la vía de la propaganda lo que el torero no ha justificado en el ruedo.

Debo confesar en este punto que no he seguido con la requerida atención la saga del retiro de Morante y sus cuitas sicológicas, pero los argumentos esgrimidos por algunos de sus documentados defensores me hace colegir que cortó la temporada, con bombo y platillo, por estar afectado por una depresión. Terrible cosa, ante la que manifestamos nuestra solidaridad más irrestricta para con el paciente, pero que no representa ningún factor de evaluación de la calidad ni de la importancia del torero en el ruedo. Volver a torear después de haber pasado por lo que se le atribuye a Morante es un mérito de superación personal pero, aunque suene despiadado, como aficionados no tiene por qué importarnos un bledo. Los contratos y los trofeos se ganan en el ruedo, no en los hospitales.

Tampoco nos deja totalmente tranquilos el procedimiento de, en lugar de cortar la temporada como todo el mundo, “retirarse” y “reaparecer” con frecuencia. Me recuerda un poco a Lewis Carrol y sus “no-cumpleaños”. ¿Qué otro propósito puede perseguir una maniobra tan obvia como no sea llamar la atención a través de un tinglado publicitario? Porque, en honor a la verdad, como torero Morante se fue por la puerta de atrás y si se trataba de llamar la atención con sus méritos taurinos, su entorno no debe haber estado seguro de conseguirlo.

Pero, por lo visto, los méritos taurinos constituyen un elemento secundario de la fiesta actual y en lo que hay que hacer hincapié es en las virtudes humanas, las miserias sicológicas y las personalidades aparatosas para reunir el marco de valores que puedan justificar una exitosa carrera. Y Morante las tiene a raudales.

Olvidándonos de la actitud victimista respecto a sus dolencias mentales, de las cuales no tenemos motivo alguno para dudar ni derecho a criticar, al parecer las virtudes más señaladas del torero están en su actitud generosa y samaritana. Se ha echado a correr la especie de que llamó a Rafael de Paula para que fuera su apoderado exclusivamente con el propósito de ayudar al maestro gitano en momentos pecuniarios difíciles. Si realmente esa es la razón, Morante debiera colgar los trastos y no aparecerse nunca más en una plaza de toros ni en un despacho porque con esa capacidad de raciocinio no tiene futuro alguno.

En realidad estamos más inclinados a pensar que, después de los petardos finales, tener un nombre emblemático en el callejón, representante del arte y la pureza que Morante reclama para sí, es un aporte publicitario inestimable para una carrera que no se sabía muy bien por dónde iba a marchar. Las interminables y, en algunos casos, grotescas sesiones fotográficas de ambos no daban la impresión de ser solamente un acto de solidaridad humana para proteger a Paula sino una hábil maniobra para juntar dos nombres que en la historia del toreo todavía están a alguna distancia.

Aparte de la actitud samaritana respecto a su fallido apoderado, se nos quiere vender también una supuesta actitud de desinteresada generosidad ante los aficionados. Para ello se cita nada menos que su actuación en la Beneficencia de Madrid, cuyos honorarios cedió magnánimamente a una obra de beneficencia. No se escucha demasiado contradictorio para mí. No es la primera vez, ni será la última, que un torero ceda sus honorarios a una obra de beneficencia cuando torea una corrida de beneficencia. Lo contrario sería lo raro.

Por otra parte, sin llegar al extremo de decir que Morante debía haber pagado por torear los seis toros en Madrid, lo cierto es que no había hecho mérito alguno para obtener una distinción de esa magnitud y cuando aparecieron los carteles la afición estaba perpleja. Y los resultados de la corrida casi le dan la razón. El compromiso era torear seis toros y toreó uno. Y si no hubiera sido porque se tropezó por falta de facultades y se pegó un cabezazo en el pitón del toro, no habría toreado ni uno. Salió envalentonado de la enfermería y no sé qué le habrán dicho pero se decidió a dar cuatro verónicas y a poner un buen par de banderillas. Con el costurón que llevaba en la frente la gente le iba a soportar todo y de hecho le dejó pasar una faena de muleta tan inocua como las otras cinco porque, por lo visto, actualmente los toreros se miden por el morbo y la mística.

Y ahora, después de tantos antecedentes de buen carácter, generosidad y gusto para vestirse, los aficionados tenemos que prepararnos para la “reaparición” con una campaña de no más de 25 corridas en “plazas escogidas”, empezando por la México con El Pana. Ya veremos la clase de ganado que les echan. El que quiera ver un burdo montaje detrás de todo esto es libre de hacerlo pero eso no es lo más grave. En estos momentos hay decenas de toreros que pagan por torear, que se juegan la vida con lo que nadie quiere y que también son capaces de “meser” la verónica cuando el toro se lo permite. Esos no se retiran ni reaparecen, esos no eligen plazas ni ganaderías ni se pasean por Insurgentes vestidos de payaso para crear expectativas afrodisíacas. Esos son los toreros a los que la afición debe defender. Y denunciar a los impostores.

martes, 20 de noviembre de 2007

Toristas y Toreristas


Sin ningún rigor histórico y con la sola intención de ver si por este camino me aclaro algo yo mismo respecto al tema de la unidad de los aficionados, recuerdo las diferencias que se planteaban entre los aficionados “toristas” y “toreristas”, a los que se atribuían en general condicionantes geográficas que, a su vez, planteaban determinadas formas de sensibilidad que establecían la mayor o menor capacidad de sentir o entender el toreo. Semánticamente la lucha era tenaz, pero en el fondo todos hablaban de lo mismo. Cuando los toreros de “Despeñaperros para abajo” llegaban a Madrid o a Bilbao, eran recibidos con el respeto y la expectación que, de forma casi mágica, emanan de la personalidad de los artistas. Por supuesto que los tópicos volvían a surgir si las cosas andaban mal (“¡A Sevilla...!”) pero, cuando triunfaban, la afición salía toreando de la plaza envuelta en los efluvios del arte, sin mirar carnés ni pasaportes y habiendo dejado de lado todo localismo fútil.

Cuando al sur llegaban sobrios y poderosos toreros castellanos, los aficionados andaluces, tan acostumbrados a ser emocionados por los raptos de la estética, se aprestaban a ver la otra cara de la fiesta con la misma avidez y el regusto de quien disfruta de la media belmontina en manos de un artista gitano. Pero no nos engañemos. La disparidad de opiniones y de forma de ver el toreo estaba allí y se manifestaba en los términos más drásticos incluso tratándose de diestros que venían de la misma provincia. Si bien lo que llegaba a ocurrir en el ruedo muchas veces desmentía esas vehemencias y ponía de acuerdo a todo el mundo, la teoría marcaba claras diferencias y cada cual hacía suya la doctrina con la intolerante pasión del fanático.

Toristas y toreristas eran corrientes irreconciliables y no dejaban pasar la oportunidad para denostarse mutuamente. La historia, sin embargo, ha dejado constancia de una característica común que unía a ambos grupos otorgándoles sin reservas la condición de aficionados: el respeto por el toro de lidia. Fuera donde fuera que se desarrollara el festejo, fuera en el norte o en el sur, fuera en plazas de primera o de tercera, el factor irrenunciable era la presencia de un toro de lidia, con las condiciones de trapío y presentación que fuera consecuente con la categoría del festejo, pero siempre dentro del marco de la dignidad a la que obliga el estar ofreciendo un espectáculo a un público que paga.

Nunca un aficionado torerista ha defendido el afeitado, ni un torista ha dado por buena la presentación de un toro regordío a última hora para colárselo a los veterinarios de Madrid. El trapío ha sido siempre uno sólo, más allá de lo que muestre la báscula y más allá de la categoría del lugar en el que se celebra la corrida. Nadie ha aceptado jamás que se otorgue una categoría al público sobre la base de la categoría de la plaza. No existe el público de tercera sino el público de primera en una plaza de tercera, al cual el empresario, los ganaderos y los toreros le deben el mismo respeto que al de cualquier otro sitio. Los aficionados, toristas y toreristas, se han encargado de recordárselo a los empresarios en todo momento y en todo lugar.

Frente a ese núcleo de aficionados, respetuosos del concepto de que sin toro no hay corrida y que la defensa de la integridad es una empresa de supervivencia y no un capricho de integristas, siempre ha existido aquella masa de espectadores que, con más o menos conocimiento y con más o menos vehemencia, ha ido un poco a su aire y que siempre ha estado dispuesta a dejar caer algunos principios, que posiblemente hasta desconozcan, en aras del divertimento superficial. Las absolutamente respetables tradiciones de los diferentes pueblos dan ejemplos muy elocuentes de hasta dónde se puede torcer el sentido de la tauromaquia con el sano y plausible fin de dar cumplida celebración al Santo Patrón, beber y comer profusamente, y disfrutar de algo tan propio y entrañable como una corrida o una novillada. Criticar eso sería traicionar la raigambre cultural de quienes lo practican y no está ciertamente en la intención de nadie.

Lo que ya es más preocupante es que aquellos entusiastas se trasladen en masa y con la misma mentalidad a plazas de cemento, en las que se anuncian bellos y bravos toros de prestigiosas ganaderías, donde los actuantes ganan ingentes sumas de dinero por comparecer, donde el empresario llena sus bolsillos con lo dejado en taquilla por la afición y donde, por ende, el nivel de tolerancia debe ser diferente. Ahí es donde los frentes solían quedar más claros y los aficionados, toristas o toreristas, cerraban filas para denunciar, combatir y, de ser posible, expulsar de las plazas a quienes, con la irresponsabilidad del desconocedor, intentaban cambiar las leyes elementales de una fiesta más que centenaria.

Ahora, sin embargo, es la simple y añorada diferencia entre el gusto por toros o toreros, que no solamente dividía sino, en la práctica, unía a los auténticos aficionados, la que se ha ido difuminando hasta dejar irreconocibles los límites y se ha venido multiplicando por una cantidad de variantes en las que se confunden las preferencias artísticas con las personales, por arbitrarias que sean, hasta convertirlas en una carta blanca para el “todo vale”. Ahora un sedicente aficionado puede defenderlo todo, si responde a sus intereses profesionales, si en su decálogo de exigencias se ha saltado algunas de las reglas más básicas para que sus toreros estén por encima de las críticas de quienes quieren tozudamente respetarlo todo o, simplemente, si le toca la fibra romántica.

A mí me cuesta demasiado entender ese tipo de fluctuaciones y creo que no me acostumbraré nunca. A mí que mejor me den la diferencia irreconciliable de toristas y toreristas, antes que la ambigua manifestación de afición que pasa por la exclusión de la integridad del toro o de la vergüenza torera de los actuantes, por mucho que nos llamemos a nosotros mismos “aficionados” y nos pleguemos a un Manifiesto por la defensa de una fiesta íntegra, auténtica y justa.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Una tarde en los toros


Todos los admiradores de mis tan citados Hermanos Marx, recordarán la memorable función de Il Trovatore en la película “Una Noche en la Ópera”, que se vio prolijamente devastada por el accionar de los anarquistas del humor absurdo, los que se encargaron de romper todos los patrones que hacen posible disfrutar la obra maestra de Verdi. Los comentarios, las interrupciones y las antojadizas interpretaciones del argumento, de suyo bastante abstruso, todo hay que decirlo, echaron por el suelo cualquier posibilidad de recreación o de enriquecimiento cultural para aquellos que asistían a la representación.

Por cierto, todo se trataba de una parodia, llena de escenas de un exquisito humor que transformaron a la película en un clásico de la historia del cine. Nadie pretendió, ni podría en su sano juicio pensar, que lo que se estaba viendo era una cumplida retransmisión de un evento cultural, ni que los que la tenían a su cargo tenían alguna noción de lo que estaban interrumpiendo.

Pese al riesgo de festinar un tema serio como el de la desinformación, no nos podemos sustraer al símil de las retransmisiones taurinas de la televisión. Ya se ha criticado por parte de muchos aficionados mejores que yo, la lacra que significa para la fiesta el hecho que los medios de comunicación de más convocatoria estén en manos de profesionales cuya misión fundamental parece ser la de justificar lo injustificable y alabar lo incomprensible. El caso de las televisiones es especialmente sangrante y uno se pregunta si lo más nefasto es la tendenciosidad con que se tergiversa la realidad, por parte de algunos, o la desaforada ignorancia con que otros pretenden sentar cátedra en un tema que obviamente no dominan.

La decisión es tan difícil como bizantina. Ambos fenómenos son igual de peligrosos y no estoy seguro cuál de los dos es más dañino. Para comenzar, en ambos casos se parte del supuesto que el hecho de que participen matadores retirados como analistas les dará seriedad y conocimiento de causa a los comentarios. Profundo error. Más allá de lo buenos que hayan sido como toreros o de lo que sepan de tauromaquia, ponerlos a criticar a sus colegas es poner al zorro a cuidar las gallinas. Por una parte, se puede esperar que pretendan justificar sus propias deficiencias de su época en activo interpretando lo que ven como les hubiera gustado que el público hubiera interpretado sus petardos, en lugar de dedicarle las comprensibles críticas y, por otra, es perfectamente posible que, más allá de su categoría o trayectoria, el torero haga causa común con sus colegas en el ruedo por una cuestión de solidaridad profesional desvirtuando totalmente el mensaje.

Se supone que los comentaristas están allí para otra cosa. Están para reconocer lo bueno y lo malo, explicarlo, educar al oyente y hacer afición. Y ahí nos encontramos con otro de los problemas más serios consistente en describir el término “hacer afición”. Antiguamente se trataba de informar lo más posible al público de modo que supiera a qué iba, qué podía exigir y qué rechazar, y de esa forma velar por una fiesta justa y atractiva. Ahora, se trata de llevar cada vez más gente a la plaza para llenar las faltriqueras de los empresarios, allá penas si tienen la menor idea de lo que van a ver, pero envalentonados por los medios para dar su opinión, especialmente si se trata de atacar a quienes van a los toros desde siempre, aprendieron de los que saben, tienen claro en qué consiste el espectáculo y se niegan a que les roben la cartera.

Cualesquiera que sea el estilo más funesto en las retransmisiones taurinas, lo que no es de recibo es que el supino analfabetismo de algunos de los que las realizan, y no me refiero a los directores de cámara sino muy especialmente a los directores generales y comentaristas, dé una idea tan execrablemente deformada del sentido mismo de la tauromaquia.

A nadie se le podría ocurrir que durante una retransmisión televisiva de una ópera desde el Teatro Real, al periodista que dirige el procedimiento se le ocurra aprovechar la obertura para dar información del resto de la programación de la temporada o para hacer porras con sus colaboradores sobre la cantidad de “dos de pecho” que se escucharán en la tarde. Tampoco sería concebible que los recitativos fueran considerados “tiempos muertos”, durante los cuales es mejor mostrar al público o a entrevistar a los cantantes que no están en ese momento en el escenario. Tampoco a ningún melómano teleespectador se le pasaría por la cabeza que uno de los varios colaboradores del programa se dedicara a entrevistar famosos entre el público durante la interpretación de un aria y, menos aún, que el encargado de los comentarios se permitiera errores garrafales reconocibles a simple vista por cualquiera que esté sentado frente a la pantalla, sepa o no de música.



¿Estamos exagerando? ¿Estamos describiendo otra escena de los Hermanos Marx o existe la posibilidad que ese tipo de absurdos se produzca en otros ramos de la cultura? Pues bien, que lo responda cualquiera que haya visto una retransmisión de toros por televisión en la que:

se hagan porras sobre las orejas a cortar, la demostración de superficialidad triunfalista más palmaria,

se considere “tiempo muerto” todo momento en que el matador no esté pegando mantazos, como si las reacciones del toro ante el capote de los subalternos o, simplemente, su deambular por el ruedo no tuviera incidencia para la evaluación de sus condiciones,

los colaboradores de la emisión, ya sea un joven cuyas preguntas llevan indefectiblemente implícita una afirmación altamente valorativa de las virtudes de los actuantes (“¿No está Fulanito fenomenal?”) o algún otro periodista más veterano que en algún momento ha loado la profundidad del toreo a pies juntos, hayan interrumpido constantemente (a instancias del comentarista principal, bien es verdad) la continuidad del espectáculo moviéndose entre los tendidos para pedir opiniones de espectadores famosos, aunque su fama no tenga nada que ver con los ruedos, mientras la corrida sigue,

el comentarista principal, avalado por su solvencia académica, insista en describir como negro zaino a un toro negro salpicao, bragado, meano, lucero y calcetero,

el periodista opine que el principal problema de un toro inválido, con muestras ostensibles de cojera y cuya ausencia de casta le impide hacer esfuerzo alguno por embestir, es la “falta de transmisión”,

el oráculo a cargo del programa afirme enfáticamente que un toro no pertenece a determinado encaste, digamos “Atanasio”, para después, cuando el ganadero haya sostenido que se trata de un Atanasio puro -como todo el mundo vio por otra parte- su comentario sea solamente “¡Qué listo!”, como si detrás de la aclaración que lo dejó en evidencia como un ignorante hubiera una doble intención que el resto de nosotros, pobres aprendices, no estamos en condiciones de detectar,

que la misma persona que comete tantos errores tenga todavía la desfachatez de iniciar frases con “pues, mire usted, no...” como si no solamente tuviera repajolera idea de lo que está hablando sino que es una autoridad en el tema.

Si alguien ha reconocido los síntomas en algunas de las retransmisiones que le han tocado padecer, comprenderá el grado de surrealismo en el que se debate parte de la prensa taurina actual y la situación de indefensión en que se encuentran los que se dejan influenciar por esa desvergüenza y aquellos que hacen lo posible por sacarlos de su error. Claro que la contienda es ardua. ¿Cómo va a tener uno razón, si lo otro lo han dicho en la tele? ¿Y cómo convencerlos de que la ópera también tiene otra lectura, si se han reído tanto con los Hermanos Marx?

¿Cómo hemos llegado a esto?

El toreo ha pasado por múltiples etapas en su historia que lo han ido modificando, para bien y para mal, hasta dejarlo convertido en esto que tenemos ahora. Si bien es producto de una concatenación de elementos promovidos por los profesionales del toreo, mucho podría evitarse si aquellos que pagan su entrada y los que tienen la obligación profesional de denunciar irregularidades hicieran un frente común para rechazar lo que les pretenden vender como legítimo.

Después de la muerte de Alfonso Navalón, un enemigo le dedicó una necrología, redactada a insultos, que llevaba por título “¿Para qué tantos años de crítica regeneracionista e integrista?” Resistiremos la tentación de comentar siquiera el título, aunque los términos “regeneracionista” e “integrista” dan para mucho, y nos concentraremos solamente en la pregunta y las razones esgrimidas por el autor para hacerla.

El injurioso artículo hace referencia a la actividad periodística desarrollada durante años por Joaquín Vidal, Alfonso Navalón y Vicente Zabala, aprovechando la circunstancia de que los tres ya estaban muertos en el momento en que lo escribió, preguntándose si había tenido algún efecto en la fiesta. Para rebatir en detalle tendría que pasar por releer el artículo y sinceramente el cuerpo no da para tanto, pero en líneas generales la única conclusión lógica tiene que ser que, sin la prensa incorruptible e informada que el crítico pretende desacreditar, la corrida se ha transformado en lo que vemos actualmente. Una suerte de varas en extinción, toros claudicantes, toreros sin recursos, aburrimiento y rabia.

Decíamos que no nos detendríamos en el concepto de toreo que se le atribuía a los críticos aludidos, contando al Zabala de su primera época, para evitar tener que comentar los desprestigiados tópicos del “toro de Madrid: grande, ande o no ande” o del presunto elogio de “la lidia utópica estilo tentadero” que supuestamente se exigía (la que supongo que se referirá a las veces que va la res al caballo, porque no me imagino un tentadero con toreros macheteando por bajo a vaquillas mansas pregonadas. Posiblemente se haya confundido “tentadero” con “capea”) pero habría que recordar que, mientras la prensa ejercía su función fiscalizadora de la dignidad de la fiesta, los toros iban tres veces al caballo, la manipulación de las astas, especialmente en plazas de primera era denunciada y rechazada tanto por la prensa como por el público, y los intentos de engaño de parte de los toreros eran descubiertos a tiempo por un sector de público informado que todavía no era el rehén de una turbamulta, tan indocumentada como deliberante, dispuesta a defender con violencia su derecho a ver una fiesta adulterada.

Si eso le tenemos que agradecer a la crítica “regeneracionista” e “integrista”, ya han cumplido con su apostolado y se han ganado un lugar en el corazón de los aficionados.

Desde entonces las cosas han ido cuesta abajo y convendría analizar por qué. El público que va a los toros tiene que adquirir los conocimientos de algún sitio, a pesar que la tauromaquia parece ser el único arte en el que la sabiduría llega como por arte de magia no bien deposita uno el trasero en el tendido. Antes a Joaquín Vidal lo leía todo el mundo, profesionales y aficionados, taurinos y antitaurinos. Unos para aprender, otros para denostarlo y otros simplemente para disfrutar de la “excelente literatura” que describió el tan erudito como vitriólico antitaurino Manuel Vicent en su artículo publicado después de la muerte de Vidal.


Ahora, los medios que dan cabida a las corridas de toros están en su gran mayoría en manos de periodistas que se han adecuado a los tiempos por una razón u otra, pero sería desproporcionado atribuir a la prensa escrita (cada vez más escasa en el tema de toros), a las revistas financiadas por los propios toreros, ganaderos y empresarios (cada vez más desprestigiadas) o a los portales, ya no financiados sino propiedad de ganaderos, la responsabilidad por la desinformación del público. No parece que su convocatoria sea tan grande como para tener tal grado de influencia. Tampoco la bienvenida contrapartida actual que componen algunos programas de radio, con buenos aficionados a cargo de programas taurinos, parece cambiar demasiado el panorama para bien, especialmente porque se emiten a altas horas de la madrugada por lo que ni siquiera auténticos aficionados están muchas veces en condiciones de seguirlos sin tener que ajustar su reloj biológico.

Queda, pues, el gran medio de masas, la televisión; las imágenes comentadas por expertos –que tendrán que serlo, o no estarían en la tele, supondrá uno- que saquen de su ignorancia a quienes no tienen sino un concepto general y ambiguo de la tauromaquia y están ávidos de devorar los conocimientos de la cátedra. Y aquí nos topamos con el temido carcinoma.

El hecho que uno se sorprenda a veces echando en falta a Gordillo, a Carabias o al mismísimo Matías Prats, da una idea de la situación en que nos encontramos. Tanto los programas como las retransmisiones televisivas actuales, provengan de donde provengan, están presididas por indisimuladas campañas de adulación o delirantes manifestaciones de ignorancia. Y, obviamente, lo que los menos enterados escuchan como comentario a algo que desconocen, queda como artículo de fe para ser defendido en el tendido cuando el vecino está haciendo oír palmas de tango.

Es mucho lo que se puede y se debe decir sobre esa abierta campaña de desinformación llevada a cabo por las televisiones, por lo que un intento de análisis rebasa los límites de este comentario, pero ya tomaremos un ejemplo para ilustrar el escándalo en el que nos vemos envueltos y que nos puede llevar a tener que despedirnos de todavía más de lo que nos han quitado de nuestra pobre fiesta. Mientras tanto, sigámonos aferrando a los recursos a disposición de los aficionados, como esta página en la que me hacen el honor de publicar mis comentarios, haciendo votos para que no sean realmente el último bastión de la lucha contra el fraude sin el comienzo de una reivindicación de la verdad en los medios taurinos.

Alberos, Clarines y esperanzas


Las páginas de los aficionados en Internet han significado un aporte fundamental para contrarrestar los embates del taurinismo profesional y sus plumarios. Escuchar las voces no comprometidas significó una ráfaga de aire fresco ante los machacones intentos del periodismo oficialista por vender una fiesta adulterada que les permita mayores ingresos con menores riesgos. Son muchos los foros y blogs referenciales que surgieron y que daban una visión de aficionado ante los abusos. Por cierto que muchos ya han sido calificados de negativos o de intransigentes, pero la sufrida afición ya está acostumbrada a esas confusiones tendenciosas de causa y efecto y lo ha tomado con filosofía.

Si bien esa constelación ha sido bienvenida y beneficiosa, constituía hasta hace poco sólo un triunfo parcial ante los poderes establecidos; una suerte de oposición extraparlamentaria. Los poderosos seguían ocupando los medios de comunicación más importantes y la réplica de la afición tenía para ellos solamente las características bullangueras de unas palmas de tango.

Además, los medios no escritos no habían gozado hasta ahora de esa alternativa. Los pocos periodistas radiales serios, auténticos aficionados y conocedores, han desarrollado su meritísima tarea contra corriente, sufriendo las amenazas y las extorsiones de los dueños del negocio, y que haya habido quienes no han sucumbido a las presiones es digno de mencionarse. Sin embargo se trata de los menos y su tarea no ha sido todo lo divulgada que debiera porque a los poderosos no les interesa.

El nombramiento de Rafael Cabrera Bonet para hacerse cargo del programa taurino de la COPE, borró de un plumazo la tradición de la sumisión a los poderes fácticos en la elección de los comentaristas. El Albero se ha convertido en un referente de aficionados, sin perder la apertura a todas las opiniones, sin transformarse en un refugio del “integrismo”, como suele llamar el taurinismo a la comprensible aspiración de los aficionados de que no le roben la cartera, pero sin claudicar tampoco de los principios básicos sobre los que se sostiene la tauromaquia.

La diversidad es auténticamente refrescante. Después de un crítico editorial de Rafael Cabrera, en el que denuncia lo que haya que denunciar, es perfectamente posible escuchar la entrevista a un ganadero estrella o a una figura del toreo, sin acritud, sin pretender polémicas fáciles, solamente con un ánimo informativo. Así es el toreo, abierto a todas las opiniones y tendencias, pero dentro de los parámetros básicos aceptables. Y para eso está El Albero actual, para decirnos cuáles son.

A este esperanzador panorama se suma la designación del doctor Adolfo Rodríguez Montesinos, veterinario, periodista, escritor, ganadero y, antes que nada, aficionado, como el director del programa taurino “Clarín” de Radio Nacional de España. Tenemos que esperar a ver su gestión, porque esto de meterse a profetas es muy peligroso, pero los aprontes son altamente optimistas. Con su presencia se constituye un eje importantísimo de la información taurina, ahora que hace tanta falta.

Lo único que debiera mejorarse son los horarios. Es realmente absurdo que el único programa de radio de una cadena dedicado a un espectáculo popular, como es el caso de El Albero, sea emitido a las tantas de la madrugada, aunque sea posible escucharlo en diferido por Internet. Esto responde, mucho nos tememos, a una tendencia por esconder la cabeza como los avestruces ante la evidencia de la existencia de una audiencia de toros, interesada por informarse y aprender.

“Clarín”, emitido a las once de la noche, es coherente pero no sabemos cuánto permanecerá en ese horario. Recordemos que salía al aire a una hora perfectamente lógica mientras lo tenían en sus manos quienes mantenían las mejores relaciones con el orden establecido. Ahora que seguramente lo que se oiga no sea del agrado de muchos defensores del ocaso de la fiesta, veremos cómo se reacciona.

Pero no es el momento del derrotismo sino de la esperanza. Bienvenidos los aficionados a los medios de comunicación y esperemos que su labor aporte tanto como ellos desean a la reivindicación de nuestra fiesta.

Vamos a serenarnos


El regreso de José Tomás estuvo muy mal planteado desde un comienzo, al punto de estar consiguiendo actualmente dividir a la afición. En primer lugar se pretendió dar la idea de que la reaparición del torero tenía el propósito de insuflar nueva vida a una fiesta desfalleciente, ya sea en Barcelona o en general, y bajo esos parámetros se intentó convencer a la gente que recuperar la tauromaquia es llenar las plazas y despertar pasiones.

Para ello se incurrió en un show mediático sustentado en apoyos de personalidades que poco o nada tienen que ver con el mundo del toreo pero que consideraron políticamente correcto poner su nombre para apoyar la iniciativa y, además, a los que no les vino mal subirse a un carro publicitario masivo y gratuito para ayudar a levantar la propia imagen. A algunos les salió la jugada distinta de lo que habían esperado pero la retórica da para mucho y después de cualquier explicación, coherente o no, los estadios se seguirán llenando y los CDs se seguirán vendiendo.

Paradójicamente, sin embargo, llenar las plazas y despertar pasiones no es suficiente para rescatar la fiesta. Las plazas se llenaron suficientemente en los años sesenta y las aficiones llegaron al paroxismo por toreros mediáticos, y si no hubiera sido por la actuación de cierta prensa incorruptible y por una afición sólida e informada, el fenómeno de toreros como El Cordobés habría acabado con la tauromaquia como la conocemos y habría dejado en su lugar el sucedáneo indigno que practicaba.

El problema de la tauromaquia actual no es económico, ni adolece el público en los tendidos de falta de entusiasmo ni de falta de ganas de opinar, sepa o no de lo que está hablando. El problema actual es conseguir recuperar una fiesta íntegra, justa y auténtica, como reza en los principios del Manifiesto de los aficionados, y la vuelta de José Tomás no ha conseguido dar un paso en ese sentido.

Como si esto fuera poco, el fenómeno ha chocado con la intransigencia de todas las partes. Por un lado están los seguidores del torero, que se aficionaron a él, y con justa razón, cuando recién llegó a los ruedos haciendo algo enteramente distinto a lo que nos está ofreciendo ahora, pero sin haber perdido el aura que parece ser el punto más importante de convocatoria entre sus partidarios.

Las acusaciones surgidas de diferentes sectores de la afición en relación con lo poco –o quizás demasiado- selectivo de las corridas que torea, la falta de seriedad de los toros lidiados y de algunas de las plazas en que actúa, especialmente si esa seriedad se ve influenciada por la legión itinerante de idólatras que acompaña al diestro, y la ausencia de recursos que ha demostrado a su regreso, han sido recibidas por los entusiastas partidarios como un verdadero sacrilegio, como la ruptura del Dogma, como el agravio de la Doctrina.

Los detractores circunstanciales del torero han sido objeto de desprecio por su incapacidad de ver lo que no se ve con los ojos de la objetividad, o bien han sido blanco de los más violentos ataques por querer quitarle divinidad a lo que, hasta hace poco, no era más que un espectáculo terreno.

Los vídeos publicados en Youtube respecto a José Tomás, que podrán ser criticados porque, al igual que el arte mismo, todo se puede ver desde distintos puntos de vista, han despertado reacciones comparables con las de las caricaturas de Mahoma. La sola mención a las deficiencias del ídolo es tomada como la culpable desviación de un herético y se acusa a quienes plantean sus disensiones de ser los causantes del conflicto cuando, en realidad, la raíz del problema está en las actuaciones de José Tomás y la forma en que se ha montado su retorno.

Ante esa intransigencia se plantea la de los aficionados críticos; aquella imprescindible incapacidad de transar cuando se trata de la integridad del toro de lidia y la vergüenza torera de los actuantes; esa tozudez que ha conseguido que, por lo menos en Madrid, el espectáculo no haya tocado fondo y que la ha llevado a plantar cara, desde su situación heroica y minoritaria, a cuanto ataque le ha sido dirigido por quienes quieren otra fiesta. Esa intransigencia, a la que yo me apunto sin paliativos, que ha llevado a reducir el círculo desde hace ya décadas hasta llegar a la condición del autobús actual.

Ahora los frentes están definidos y yo creo que corresponde serenarnos y tratar de mirar la situación con una cierta distancia y, sin perder la bienvenida pasión que es consustancial a la afición, tener la suficiente frialdad para reconocerla y guiarla con nuestro intelecto, de modo que no nos lleve, por encandilamientos fugaces, a claudicar de los principios que se defendieron siempre. Es de esperar que lo que comenzó como una posible esperanza para todos los que, a estas alturas, nos agarramos al primer clavo ardiente que encontremos, no conduzca a una nueva escisión y cualquier aporte bienintencionado al diálogo, a la información y a la educación taurina, debe ser bienvenido.

Sopa de Ganso

"¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?"
CHICO MARX
Diálogo de la película “Sopa de Ganso”



Barriendo un poco para dentro y movido por la amistad que me une con el dueño y administrador de este portal, Juan Antonio Hernández, me permito comenzar manifestando mi reconocimiento y admiración por su labor de esclarecimiento en una época en que la información y la educación en el campo de la tauromaquia han sido reemplazadas por las manifestaciones de fervor simplista, sin fundamento teórico ni base histórica. Es la cultura de las orejas y de los indultos. Es el “divertirse” a toda costa con un espectáculo que, si no se entienden sus rudimentos, pues se inventan y todo el mundo contento. Y aquellos que efectivamente aprendieron en qué consistía el arte de torear antes de entrar a la plaza de toros y mucho antes de abrir la boca en un tendido, son tomados por los aguafiestas pesados que no quieren que los toreros triunfen ni que la gente lo pase bien.

El fenómeno no es nuevo pero en nuestros días ha tomado visos preocupantes por razones estadísticas. Antiguamente, y no digo hace siglos sino hace algunos años, la plaza se dividía en los aficionados, siempre minoritarios pero con una presencia tangible, y el resto del público. Éstos podían ser espectadores de aluvión, japoneses o abonados de toda la vida que todavía no entendían en qué consistía el espectáculo porque no tenían más interés en él que pasarse las dos horas mirando la corrida, conversando con el vecino o pidiendo orejas según fuera el caso, pero que no constituían un fenómeno especialmente agresivo y que podían incluso llegar a ser lo suficientemente maleables como para cerrar filas con los entendidos.

Entre este grupo, sin embargo, tampoco faltaban quienes, sin haber leído una sola línea sobre toreo, sin haber hablado ni un minuto con alguien que sepa y sin preocuparse del obvio inconveniente que significa pretender opinar sobre algo de lo que no se tiene ninguna información, no tenían problema en expresar sus opiniones y manifestarse como cualquier aficionado veterano. Incluso hasta el punto de contradecir a los aficionados expertos y pretender echarlos de la plaza.

Si bien la situación era incómoda, especialmente por lo absurda, la correlación de fuerzas todavía era relativamente equilibrada. Y si bien la presencia de ignorantes opinantes podía llegar a provocar situaciones ilógicas incluso en la primera plaza del mundo, el destino de la tauromaquia todavía no peligraba. Un ejemplo de dicha realidad se puede extraer de una estupenda crítica de Joaquín Vidal de la actuación del torero mexicano Mariano Ramos en la Feria de San Isidro de 1993:

Mariano Ramos cuadró al toro agresor, parte del público le abroncó por eso y hubo de dar unos derechazos. Hay quienes asientan sus posaderas por primera vez en una plaza de toros y, porque pagan -o de eso presumen - ya se creen con derecho a trastocar la fiesta, incluidas su técnica, sus valores y sus tradiciones, que le vienen de siglos. "Hemos pagado y tenemos derecho a ver la faena", se oyó comentar en el tendido. Nunca un torero habría tenido el mal gusto -y peor gesto- de intentar lucirse con un toro que acababa de herir a un compañero, y al escuchar las protestas cuando iba a montar la espada, a Mariano Ramos se le vio en la cara la expresión de la perplejidad.

Lo que ocurre en la actualidad es más complicado. Los aficionados son cada vez menos y su presencia en las plazas es cada vez más contestada, incluso con el uso de la fuerza por parte de círculos allegados a los toreros. Por otro lado, y esto es lo más grave, se está produciendo una suerte de obnubilación en algunos sectores de aficionados tradicionalmente competentes que los hace ver las cosas con las gafas rosáceas del apasionamiento.

Una de las labores más señaladas llevadas a cabo por Juan Antonio, de entre las muchas que debemos agradecerle en defensa de la fiesta, está la publicación de fotografías de las corridas a las que ha asistido; documentos descarnados y veraces de una realidad que no se encuentra en los medios que viven de los que debieran juzgar y criticar. En su gran mayoría los aficionados han recibido con entusiasmo y gratitud los esfuerzos por denunciar determinadas prácticas y quitarle la mística a quienes las ejercen, pero hubo algunos que no estuvieron dispuestos a abrir los ojos a una realidad adversa y calificaron de manipulación lo que no era sino un muestrario de hechos concretos. Hubo hasta algunos temerarios que hablaron de “mentiras”.

Se podrá argumentar que las fotos fijas no revelan las verdaderas características de un espectáculo lineal y de movimientos como el toreo, pero ese nunca fue el propósito. Se trataba solamente de graficar lo planteado en la crónica con el ejemplo de una foto fija. Ahora, como si faltara algo, han aparecido vídeos en internet, cuya autoría me consta que no es de Juan Antonio, en los que se muestra lo mismo pero en movimiento. Cualquiera podría decir que con eso los escépticos tendrían que haber reconocido que tal vez su torero es capaz de equivocarse, por muy santificado que lo tengan, pero no. Ahora la manipulación está en la elección de las faenas.

Un vídeo, por ejemplo, que revela las trampas de José Tomás fue tomado de la grabación hecha y publicada en Youtube por un aficionado partidario del torero. Ambos pueden verse en el mismo lugar para comparar. Lo que pasa es que uno va acompañado de música alusiva y loas escritas, a las que se suman las de los comentaristas, y el otro se detiene en la demistificación del místico con argumentos irrebatibles por lo evidentes.

Pero, por lo visto, no hay forma. Hay que regresar a “Sopa de Ganso”, cuando la inigualable Margaret Dumond increpaba a Chico Marx determinada actuación que él negaba, diciéndole que lo había visto hacerlo con sus propios ojos, a lo que el genial pianista con acento italiano de los Hermanos Marx respondía con la inmortal frase: "¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?"

A por eeelloooos, ooooeee


Durante la pasada Feria de San Isidro de Madrid, un comentarista de televisión tuvo la poco afortunada idea de atribuir a los aficionados una suerte de animosidad recalcitrante contra las figuras del toreo o, en su defecto, contra los toreros famosos. Acompañó su folclórica reseña, colorido como es él, con uno de los tradicionales cánticos de los estadios de fútbol que da título a este comentario. Ya hablaremos de este señor en el futuro pero a mí se me ha quedado el estribillo dando vuelta en la cabeza porque en el último tiempo he tenido la inquietante sensación de que es a los aficionados a los que nos están dando por todos lados. Creo que no ha llegado a un nivel de fijación paranoica, y antes de que llegue a eso me gustaría analizar un poco la situación a la que me refiero.

Los enemigos tradicionales de los aficionados son los antitaurinos y los taurinos. Lo de los antitaurinos está claro, pero por si pudiera parecer una contradicción para lectores menos entrenados, convendría precisar que la acepción “taurino” se refiere en este caso a aquellos que viven de la tauromaquia y a quienes desagrada que un grupo de gente que no hace otra cosa que pagar religiosamente su entrada y amar la fiesta se dedique a chafarles el negocio con majaderías como el respeto por el Reglamento, la exigencia del toro íntegro o la vergüenza, valor, técnica y arte de los actuantes.

Como la fiesta de toros es un negocio, la intención primordial de quienes lo llevan es la de ganar dinero y atraer clientela. Eso es normal. Esto hace que los empresarios se preocupen de que aquellos a quienes contratan tengan tirón publicitario para llenar las plazas, y que toreros y apoderados hagan lo posible porque las plazas se llenen cada vez más de público afín, cuya única intención sea divertirse y que no ponga peros a los intentos de los matadores de tener la tarde lo más apacible que puedan, haciendo lo que saben, y triunfar sin que haya un toro en el ruedo que les pueda poner en dificultades.

Como no cuesta nada encontrar gente dispuesta a participar en ese tipo de simulacro, sea consciente o inconscientemente, no es de extrañar que la campaña para la eliminación de esa minoría que todavía cree en el espectáculo del arte y del valor esté cada vez más vigente y tenga muchos representantes que van desde los directamente interesados a los ignorantes integrales que están sometidos a un engaño que no pueden detectar pero que igual aplauden a los que lo perpetran e insultan a los que lo denuncian. Como colofón a dicha campaña está la prensa del movimiento, dispuesta a hacerle el juego a los falsificadores, entre otros con el cantito aquel de los estadios, por poner un ejemplo.

Ya con eso los aficionados tenemos bastante con qué entretenernos pero, como si esto fuera poco, ha surgido recientemente una nueva corriente, igualmente descontenta con las voces críticas, que se ha dedicado, tal vez sin querer o sin darse cuenta, a reivindicar el toreo comercial y su ausencia de valores, simplemente porque su torero está militando actualmente en esas huestes. Curioso fenómeno el de un artista al que se ha glorificado y al que se sigue admirando después de haber claudicado de todas las virtudes por las cuales nos emocionó, pero a veces ocurren estas cosas cuando la veneración sobrepasa las fronteras del raciocinio.

Resulta sorprendente, por ejemplo, que excelentes aficionados, y digo verdaderos aficionados, no esa trouppe de jaleadores que acompaña a José Tomás por toda España y no tiene puñetera idea de toros, aunque haga público su desconocimiento con exquisito estilo, nos reproche que acusemos de falta de recursos a su torero porque pasa por los aires, pretendiendo recordarnos que los aficionados abogamos por la presencia de “héroes” en el ruedo. No es así, ni nunca ha sido así. Han sido los taurinos que, para justificar ganado indecoroso e inofensivo, tullido y afeitado, encaran a los aficionados preguntándonos si queremos que lo mate el toro, cuando lo que queremos es simplemente que tenga un enemigo delante, porque en eso consiste la fiesta. No es un héroe el que necesitamos sino un torero.

Valga la aclaración que, de todos modos, para mí todos los toreros son héroes y mi respeto va hacia ellos desde el momento que hacen el paseíllo, porque yo no estaría en condiciones de pararme delante de un animal con cuernos. Pero claro, me ocurre lo mismo con los extraterrestres. Para mí todo lo que veo en el cielo son ovnis porque mis conocimientos de aeronáutica son auténticamente nulos y cualquier vehículo volante ordinario puedo tranquilamente confundirlo con la nave de visitantes de Marte. Pero un ingeniero aeronáutico no tiene ese problema así como un torero tampoco lo tiene (o lo debiera tener) para enfrentarse a un toro, sin ser un héroe sino solamente un profesional.

Son muchas las variantes tendentes, de una manera o de otra, a echar a los aficionados de las plazas. Entre otras, está la de reprocharnos el ir a plazas de segunda y de tercera a sabiendas que veremos un espectáculo que no aprobamos. Pues bien, en primer lugar, para ver a José Tomás, sea uno aficionado o no, hay que ir a plazas de segunda o de tercera porque el diestro no se aparece por otras. Por favor, no mencionar Barcelona porque estamos hablando en serio. Además, las exigencias de los aficionados son coherentes con las posibilidades y las expectativas. La afición de Madrid, por poner un caso, jamás pitará a un novillero o a un torero que torea dos corridas al año con la vehemencia con que reprocha a una figura su falta de profesionalidad. No porque odie a las figuras sino porque se les exige más, por experiencia y, por qué no decirlo, por honorarios. Antes los toreros decían, como motivo de orgullo, que en Madrid se les exigía. Ahora se quejan de eso.

Si un aficionado de Madrid o de San Sebastián va a una plaza de tercera, sabe que las exigencias de trapío son distintas a las que acostumbra a ver y se prepara para presenciar el espectáculo en esa versión. Exactamente igual que los aficionados que viven en la ciudad donde la plaza es de tercera, que no lo son menos por ser abonados a una feria de cinco corridas, entre otras cosas porque pagan una fortuna (más que en Madrid) y los carteles están compuestos por toreros que llegan cobrando una millonada y que encabezan el escalafón. Si sobre la base de esas expectativas, el ganado que salta al ruedo es indigno, ahí ha llegado el momento y la obligación de protestar, como lo hacen también los aficionados del lugar, que los hay y muy buenos.

Precisamente, hace pocos días en Calahorra, una banda de mamporreros de Rivera Ordóñez agredió a un grupo de aficionados locales que protestaba por las condiciones del ganado y por la actuación del torero. No eran aficionados de Madrid, eran de Calahorra, pero exigían exactamente lo mismo, primero porque están en su derecho y además porque saben qué es lo que se debe exigir. Y estoy seguro que cuando pase José Tomás por Calahorra, no valdrán revolcones, ni palizones, ni trances místicos porque protestarán que toree ganado indecoroso igual que sucede en Madrid.

Conminar a esos aficionados para que no vayan a los toros cuando sepan que no va a salir lo que esperan es claudicar definitivamente, porque tal como ocurre en Calahorra también puede ocurrir en Madrid. Pero no preocuparse. Por mucho que se unan involuntariamente los sectores más disímiles para acallar la protesta, la afición no le dejará el campo a los estafadores, ni aunque los intenten echar a hostias, ni aunque les recomienden que dejen sus exigencias para otra oportunidad en que en el ruedo no se esté produciendo un éxtasis esotérico con voltereta incluida.

El hecho que se estén produciendo algunas coincidencias algo inquietantes entre el discurso de los taurinos y el de los aficionados místicos, como la de acusar a los aficionados terráqueos de ser seguidores ciegos de Navalón, (quien cometió el sacrilegio una vez de asegurar que José Tomás no sabía torear), con lo que nos desconocen la facultad de discernir por nosotros mismos y nos relegan a la posición del loro repetidor de máximas, hace que la pregunta de cuántos somos se vuelva a plantear de forma cada vez más acuciante, y hace falta mucho amor por la fiesta para seguir en la pelea, que no debiera serla porque se trata de una afición, intentando salvar lo poco que nos queda.