domingo, 11 de noviembre de 2007

“¿Corrida Moderna?”


En la sevillana localidad de Espartinas se ha presentado una versión de la tauromaquia que su creador, el eminente hombre de teatro Salvador Távora, ha bautizado como “Corrida Moderna”. Desde muchos sectores de la información taurina se han escuchado comentarios acerca de lo interesante de la innovación y por lo visto todos se han conformado con atribuirle un apelativo así de ambiguo al proyecto sin entrar a profundizar acerca de su real significación. En otras épocas de la tauromaquia, el experimento podría quedar como una anécdota inofensiva, destinada a ser olvidada sutilmente y sin escándalo, pero como se están dando las cosas actualmente, entre todos los intentos por desnaturalizar la fiesta, algunos ya concretados en la modificación de Reglamentos, en el casi total vasallaje de la prensa hacia quienes quieren cambiar el sentido de la tauromaquia por afanes de comodidad y de lucro, y ante la indefensión de los aficionados frente a los diarios atropellos a la dignidad del toro, creo que hay que estar alertas frente a cualquier intento de cambiar la raíz de un espectáculo ancestral.

Salvador Távora ha sido claro en señalar que no se trata de reemplazar la corrida tradicional sino de plantear una alternativa de espectáculo taurino con otras características. Por cierto que una alternativa no se busca si no se trata de mejorar algo y son varios los elementos que Távora quiere introducir con la justificación de devolver el espectáculo a sus orígenes y darle una dinámica diferente a la actual, corrigiendo algunos problemas que, según él, la fiesta de hoy tiene, como lo que llama los “tiempos muertos” entre los tercios. Cualquiera que no estuviera demasiado al tanto de la esencia del toreo podría pensar que hay una cierta lógica detrás de dichos extremos, y posiblemente la hay, pero es substancialmente ajena a lo que es el sentido de la fiesta de toros.

Comenzando con el propio nombre, “Corrida Moderna”, no encontramos con dos contradicciones fundamentales. En primer lugar, la modernidad en los toros puede solamente existir como un elemento paralelo pero en ningún caso debe afectar el desarrollo del espectáculo, su rito y, más importante de todo, su lógica. Es perfectamente aceptable que las cuadrillas ya no lleguen a la plaza en coches de caballos sino en furgonetas, que haya tableros electrónicos, relojes digitales y expendios automáticos de billetes con tarjeta de crédito, pero lo que es inamovible es la liturgia porque de ella se nutre el espectáculo y ella ha sido la que lo ha salvado hasta el día de hoy de los embates de los antitaurinos. La solemnidad del rito y su venerable estética son las que despiertan respeto y hasta admiración incluso entre aquellos que no son asiduos asistentes. Es ella la que ha motivado a tantos intelectuales no-aficionados, a referirse a la fiesta en términos admirativos y a querer imbuirse en su espíritu, incluso sin conocer cabalmente su sentido real, como es el caso de Salvador Távora, sin ir más lejos. El concepto de “moderno” ya es antitético con una fiesta que, en sí, es un anacronismo como convención artística. Pero la cosa no queda ahí; la “Corrida Moderna”, según su creador, y he aquí la segunda contradicción, tiene el propósito de “volver a los valores reales de la fiesta frente a los tradicionales que imperan hoy en día y que sólo tienen 50 años de antigüedad”. Debo confesar que no me aclaro con tanta modernidad para reivindicar valores reales mucho más antiguos que los tradicionales. Y lo peor es que en todo este galimatías de gallinas y huevos (lo escribo en este orden para evitar no ser entendido) el único que no es considerado en su justo valor es el toro.

Uno de los principios del invento del destacado dramaturgo, quien en su juventud hizo sus pinitos como torero con el nombre de "Gitanillo de Sevilla", consiste en “conseguir cambiar la individualidad actual de una corrida por un espíritu colectivo”. Esto pasa por eliminar a los subalternos y darle un carácter aleatorio a los tiempos de la lidia. Se prescinde de los picadores y los banderilleros solamente tengo entendido que cumplen su función de tales dejando la lidia a pie a los dos matadores y reemplazando el primer tercio por la actuación de rejoneadores con rejones de castigo. Además, algo más avanzado el espectáculo, hay una meritoria y espectacular actuación de recortadores, con sus valerosas demostraciones de condiciones atléticas y conocimiento de los terrenos. En la primera exhibición de la nueva modalidad, uno de ellos terminó parado en los lomos del toro. ¿Se escucha todo esto como una corrida de toros, aunque sea en una nueva modalidad? ¿Verdad que no? Las razones son varias.

En primer lugar, la anarquía es la antítesis de la lidia. Eliminar jerarquía y orden es la mejor manera de conseguir que el que tome a su cargo esos departamentos sea el toro. Por cierto, bajo la condición de que se trate de un toro de lidia que no permita que un recortador se le monte en los lomos. “Gitanillo de Sevilla” debiera saber que los toros de verdad no admiten eso. Y ahora habrá que responder a quienes digan que de todas maneras hay riesgo y qué éste se demostró en la cogida del “Chano”, pero uno ya está cansado de seguir citando el “carro de los helados” de Belmonte y de seguir discutiendo por qué la actuación de los hombres de luces debe medirse más allá de riesgo intrínseco de estar enfrentándose a un animal grande y con cuernos. Por otra parte, el excelente torero resultó herido poniendo banderillas, que es parte de la lidia tradicional. La lidia tiene su devenir lógico y necesita de un orden para tener sentido. Si no hay alguien en el ruedo que ponga orden, lo pondrá el toro, y ya sabemos lo ideáticos que son.

La “Corrida Moderna” parte de la prescindencia del toro y eso es absolutamente inexcusable y la inhabilita como “alternativa” posible. La eliminación de la suerte de varas deja el tema de la bravura en un segundo plano, por decir lo menos. La inclusión de rejoneadores seguramente implicará la reducción de las defensas de los toros. No creo que por muy moderna que sea la corrida los caballeros en plaza quieran arriesgar sus valiosas cabalgaduras con toros en punta. Por lo tanto, también los toreros a pie lidiarán ganado afeitado. Por último, el trapío y la casta de toros de lidia ordinaria no son claramente compatibles con el arte del recorte, primer por el evidente riesgo y, segundo, porque dicha modalidad implica enseñarle al toro muchas cosas que la torería andante prefiere que no sepan. Los toros de casta aprenden y si son mansos aprenden a ser aviesos. Todo esto quita al espectáculo el elemento fundamental que le da sentido. Eso no es una alternativa sino una falsificación que no debe ser ni siquiera mencionada en la misma frase con la tauromaquia.

Salvador Távora, un artista que, dicho sea de paso y para lo que pueda servir, cuenta con mi admiración y respeto, quiere obtener también un espectáculo menos cruento. Eliminar tanto el riesgo como la sangre, eliminar el drama para favorecer la dramaturgia. ¿Suena esto como una corrida de toros, por muy “alternativa” que sea? ¿Verdad que no? Y lo peor de todo es que los primeros pasos para la desnaturalización de la fiesta y la prescindencia de sus elementos irrenunciables ya se han dado en lo que todavía conocemos como lidia tradicional. La reducción de los puyazos, la permisividad de las autoridades en la selección del ganado, la obsesión de los políticos de modificar lo que no entienden, el triunfalismo ignorante de los públicos para dar por bueno lo malo y aceptar lo inaceptable y la venalidad de algunos sectores de la prensa para defender los intereses de las empresas, los apoderados y los toreros a costa de traicionar aquello que debieran defender, están llevando la fiesta al despeñadero en que actualmente se encuentra y al cual se le ven tan pocas salidas. Ante esta sombría realidad no se puede dejar pasar sin comentarios un intento, por muy bienintencionado que sea, de establecer todavía más “alternativas”. De lo que se trata es de rescatar lo que hubo y nos han quitado, no de pretender inventar cosas nuevas. Toros de verdad y toreros de verdad, esa sería una buena alternativa. ¿Verdad que sí?

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