martes, 20 de noviembre de 2007

Toristas y Toreristas


Sin ningún rigor histórico y con la sola intención de ver si por este camino me aclaro algo yo mismo respecto al tema de la unidad de los aficionados, recuerdo las diferencias que se planteaban entre los aficionados “toristas” y “toreristas”, a los que se atribuían en general condicionantes geográficas que, a su vez, planteaban determinadas formas de sensibilidad que establecían la mayor o menor capacidad de sentir o entender el toreo. Semánticamente la lucha era tenaz, pero en el fondo todos hablaban de lo mismo. Cuando los toreros de “Despeñaperros para abajo” llegaban a Madrid o a Bilbao, eran recibidos con el respeto y la expectación que, de forma casi mágica, emanan de la personalidad de los artistas. Por supuesto que los tópicos volvían a surgir si las cosas andaban mal (“¡A Sevilla...!”) pero, cuando triunfaban, la afición salía toreando de la plaza envuelta en los efluvios del arte, sin mirar carnés ni pasaportes y habiendo dejado de lado todo localismo fútil.

Cuando al sur llegaban sobrios y poderosos toreros castellanos, los aficionados andaluces, tan acostumbrados a ser emocionados por los raptos de la estética, se aprestaban a ver la otra cara de la fiesta con la misma avidez y el regusto de quien disfruta de la media belmontina en manos de un artista gitano. Pero no nos engañemos. La disparidad de opiniones y de forma de ver el toreo estaba allí y se manifestaba en los términos más drásticos incluso tratándose de diestros que venían de la misma provincia. Si bien lo que llegaba a ocurrir en el ruedo muchas veces desmentía esas vehemencias y ponía de acuerdo a todo el mundo, la teoría marcaba claras diferencias y cada cual hacía suya la doctrina con la intolerante pasión del fanático.

Toristas y toreristas eran corrientes irreconciliables y no dejaban pasar la oportunidad para denostarse mutuamente. La historia, sin embargo, ha dejado constancia de una característica común que unía a ambos grupos otorgándoles sin reservas la condición de aficionados: el respeto por el toro de lidia. Fuera donde fuera que se desarrollara el festejo, fuera en el norte o en el sur, fuera en plazas de primera o de tercera, el factor irrenunciable era la presencia de un toro de lidia, con las condiciones de trapío y presentación que fuera consecuente con la categoría del festejo, pero siempre dentro del marco de la dignidad a la que obliga el estar ofreciendo un espectáculo a un público que paga.

Nunca un aficionado torerista ha defendido el afeitado, ni un torista ha dado por buena la presentación de un toro regordío a última hora para colárselo a los veterinarios de Madrid. El trapío ha sido siempre uno sólo, más allá de lo que muestre la báscula y más allá de la categoría del lugar en el que se celebra la corrida. Nadie ha aceptado jamás que se otorgue una categoría al público sobre la base de la categoría de la plaza. No existe el público de tercera sino el público de primera en una plaza de tercera, al cual el empresario, los ganaderos y los toreros le deben el mismo respeto que al de cualquier otro sitio. Los aficionados, toristas y toreristas, se han encargado de recordárselo a los empresarios en todo momento y en todo lugar.

Frente a ese núcleo de aficionados, respetuosos del concepto de que sin toro no hay corrida y que la defensa de la integridad es una empresa de supervivencia y no un capricho de integristas, siempre ha existido aquella masa de espectadores que, con más o menos conocimiento y con más o menos vehemencia, ha ido un poco a su aire y que siempre ha estado dispuesta a dejar caer algunos principios, que posiblemente hasta desconozcan, en aras del divertimento superficial. Las absolutamente respetables tradiciones de los diferentes pueblos dan ejemplos muy elocuentes de hasta dónde se puede torcer el sentido de la tauromaquia con el sano y plausible fin de dar cumplida celebración al Santo Patrón, beber y comer profusamente, y disfrutar de algo tan propio y entrañable como una corrida o una novillada. Criticar eso sería traicionar la raigambre cultural de quienes lo practican y no está ciertamente en la intención de nadie.

Lo que ya es más preocupante es que aquellos entusiastas se trasladen en masa y con la misma mentalidad a plazas de cemento, en las que se anuncian bellos y bravos toros de prestigiosas ganaderías, donde los actuantes ganan ingentes sumas de dinero por comparecer, donde el empresario llena sus bolsillos con lo dejado en taquilla por la afición y donde, por ende, el nivel de tolerancia debe ser diferente. Ahí es donde los frentes solían quedar más claros y los aficionados, toristas o toreristas, cerraban filas para denunciar, combatir y, de ser posible, expulsar de las plazas a quienes, con la irresponsabilidad del desconocedor, intentaban cambiar las leyes elementales de una fiesta más que centenaria.

Ahora, sin embargo, es la simple y añorada diferencia entre el gusto por toros o toreros, que no solamente dividía sino, en la práctica, unía a los auténticos aficionados, la que se ha ido difuminando hasta dejar irreconocibles los límites y se ha venido multiplicando por una cantidad de variantes en las que se confunden las preferencias artísticas con las personales, por arbitrarias que sean, hasta convertirlas en una carta blanca para el “todo vale”. Ahora un sedicente aficionado puede defenderlo todo, si responde a sus intereses profesionales, si en su decálogo de exigencias se ha saltado algunas de las reglas más básicas para que sus toreros estén por encima de las críticas de quienes quieren tozudamente respetarlo todo o, simplemente, si le toca la fibra romántica.

A mí me cuesta demasiado entender ese tipo de fluctuaciones y creo que no me acostumbraré nunca. A mí que mejor me den la diferencia irreconciliable de toristas y toreristas, antes que la ambigua manifestación de afición que pasa por la exclusión de la integridad del toro o de la vergüenza torera de los actuantes, por mucho que nos llamemos a nosotros mismos “aficionados” y nos pleguemos a un Manifiesto por la defensa de una fiesta íntegra, auténtica y justa.

2 comentarios:

BETIALAI dijo...

¡ Vaya sorpresa, amigo mío !. Acabo de enterarme y me has dado el alegrón del día. Bienvenido a este mundo de la blogosfera. Paso raudo y veloz a enlazarte, por supuesto, en la categoría de los imprescindibles.

Un fuerte abrazo.

David Valderrama Gutiérrez dijo...

Enhorabuena, Muy bueno el artículo, y en general el Blog, ya que he dado un vistazo a diferentes artículos, y parecen interesantes... Un saludo!!!

www.rincon-taurino.blogspot.com